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Pan de la palabra
Semana Santa: Nos amó hasta el fin

Semana Santa: Nos amó hasta el finQueridos diocesanos:

En el corazón del año litúrgico late el Misterio pascual, el Triduo del Señor crucificado, muerte y resucitado. Toda la historia de la salvación gira en torno a estos días santos, que pasaron desapercibidos para la mayor parte de los hombres, y que ahora la Iglesia celebra “desde donde sale el sol hasta el ocaso”. La Semana Santa es el centro del año litúrgico: revivimos en estos días los momentos decisivos de nuestra redención. La Iglesia, como madre, nos lleva de la mano, con su creatividad del Domingo de Ramos, a la Cruz y a la Resurrección, cuando “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”. Os invito, en estos días santos, a vivirlo con intensidad y recogimiento, no somos meros espectadores, como dice la letra de una canción “también yo  estaba allí”.

El Domingo de Ramos es como el pórtico que precede y dispone al Triduo pascual. En este día –se lee en la rúbrica- la Iglesia recuerda al entrada de Cristo, el Señor, en Jerusalén para consumar su Misterio pascual”. Su llegada está rodeada de aclamaciones y vítores de júbilo, aunque las muchedumbres no saben entonces hacia dónde se dirige Jesús, y se toparán con el escándalo de la Cruz. Tú y yo, sin embargo, sí que sabemos cuál es la dirección de los pasos del Señor: entra en Jerusalén para “consumar” la redención. Por eso, para el cristiano que aclama a Jesús como Mesías en la procesión del domingo de Ramos, no es una sorpresa encontrarse con la Cruz.

El Triduo Pascual comienza con la Misa vespertina de la Cena del Señor, aquella Cena en que Jesús, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el testamento de su amor, el Sacrificio de la Alianza eterna (Cfr. Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, Colecta). Este es el día santo en que nuestro Señor Jesucristo fue entregado por nosotros. Las palabras de Jesús, “me voy, y vuelvo a vosotros y os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros” (Jn 14, 28; Jn 16, 7) nos introducen en el misterioso vaivén entre ausencia y presencia del Señor. Se ha quedado con nosotros para siempre, y la alegría de este Jueves Santo arranca de comprender que el Creador se ha desbordado en cariño con sus criaturas. Por eso hay dos momentos importantes en esta celebración: el lavatorio de los pies y la reserva del Santísimo Sacramento, donde se refleja el amor más grande: “el dar uno la vida por su amigos” ( Jn 15, 13).

En efecto “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos”, y Él la dio por nosotros en el madero de la Cruz. Así nos introducimos en la liturgia del Viernes Santo con la lectura de la Pasión de nuestro Señor, según san Juan, un relato donde se alza la majestad de Cristo que se entrega a la muerte con la plena libertad del Amor. Por eso, toda la liturgia dirige su atención hacia el Lignum Crucis, el árbol de la Cruz. La adoración de la santa Cruz es un gesto de fe y una proclamación de la victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte. Con Él, nosotros vencemos, porque “esta es la victoria de Jesús que ha vencido al mundo: nuestra fe” (1 Jn 5, 4).

Con esta certeza llegaremos al gran sábado, donde la Iglesia se reúne en la más solemne de sus vigilias para celebrar la Resurrección del Esposo. Esta celebración es el núcleo fundamental de la liturgia cristiana a lo largo de todo el año. Una vigilia con una gran variedad de elementos que expresan el paso de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida nueva en la Resurrección del Señor: fuego, cirio, agua, música… La luz del cirio es signo de Cristo, luz del mundo, que irradia y lo inunda todo; el fuego es el Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones; el agua significa el paso hacia la vida nueva en Cristo, fuente de vida; el aleluya pascual es el himno de los que peregrinamos en camino hacia la Jerusalén del cielo; el pan y el vino de la Eucaristía son prenda del banquete de las bodas eternas. No hay motivo para la tristeza, Cristo ha resucitado, por eso ¡Que noche tan dichosa, en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino! Con el pregón pascual le pediremos al Señor “que este cirio, consagrado a tu nombre arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche, y, como ofrenda agradable, se asocia a las lumbreras del cielo. Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo, ese lucero que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo resucitado, que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos. Amén”. (Cfr. Misal Romano, Vigilia Pascual, Pregón Pascual).

Diego Zambrano López

Administrador Diocesano.

Escrita el día: 29-03-2021 por Medios de comunicación

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