Cañaveral se une en una hora santa por la paz

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El pasado viernes, día 20, un reguero de personas de todas las edades -niños con sus padres, jóvenes, adultos, ancianos, matrimonios se dirigían a nuestra Parroquia de Santa Marina de Cañaveral, con una vela roja en sus manos. Acudían a la Hora Santa que nuestro párroco Don Roberto había preparado para rezar por la paz y por las víctimas. Odio Odio = Odio; en cambio, Odio Amor = Paz, Perdón, Fraternidad. Esa fue la idea y la clave de toda la Hora Santa.

Con el Santísimo expuesto meditamos desde la lectura de San Pablo «ni muerte, ni espada, ni desnudez, ni sufrimiento, podrán apartarnos nunca del Amor de Dios«.

Oración en Cañaveral

Todo ello elevando un canto repetitivo que entraba como una oración fresca en nuestros corazones: Nada nos separará del Amor de Dios. Ante la violencia, las armas, el odio de algunos seres humanos, debemos unirnos en la fuerza de la oración, para saborear el mensaje de Jesús: Un Reino de paz, de justicia, de hermandad, es posible si todos los seres humanos nos dejamos llevar por el Amor de Dios, que desde la Luz de la Fe mueve nuestras vidas.

Más de doscientas velas rojas iluminaron al Santísimo y nuestra oración. Cada persona la fue llevando hacia el altar, mientras tres jóvenes las iban colocando para formar una hermosa Cruz. En esa procesión de velas, fuimos cantando «Nada te turbe, nada te espante, sólo Dios basta«, mientras en los tiempos de silencio se iba leyendo una reflexión en la que fuimos pidiendo la Paz, la Esperanza, la Vida y el Amor para un mundo que, en muchas ocasiones, se está olvidando de estas palabras esenciales para ser felices.

Terminamos la Hora Santa con la bendición del Santísimo para los presentes y ausentes, y sobre todo, para que devuelva la Paz a los que no la tienen. Al final, acudimos a María Santísima, la Reina de la Paz, recibiendo una Medalla de la Milagrosa muy unidos a las Hijas de la Caridad, porque el amor todo lo puede.

Esa medalla nos recordará siempre todo lo vivido en esta profunda oración y nos ayudará a ser hombres y mujeres de paz con los que están cerca de nosotros.

Damos gracias a Dios por todo lo que nos regaló esa tarde y por hacer que nuestro corazón palpite de otra manera cuanto está cerca de él.

Un feligrés de Cañaveral

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