Carta abierta a un buen amigo que se durmió en el Señor

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Mi querido amigo sacerdote, Florentino, ángel de luz, testigo de fe, samaritano de esperanza y de amor, “amigo de Jesús”. Quiero hoy honrar tu memoria y dedicarte estas palabras humildes y sinceras, salidas, sin duda, de mi corazón.

Tu paso por mi vida ha dejado un sello de bien hacer, de atenta amistad. Sembraste en mi alma siempre una recta, luminosa y entrañable actitud, que nunca olvidaré. Era un niño de 11 años, cuando entré en el seminario de Coria, enseguida me nombraron “capillero”, se decía entonces, para atender, cuidar y ordenar todo lo que se refería al culto del templo que nos cobijaba, y donde, poco a poco, aprendimos a orar a nuestro Dios y a su Madre Inmaculada, y a consolar nuestras fatigas y empeños de niños pequeños, alejados de sus seres queridos.

Cada día, visitábamos la capilla para celebrar la Santa Misa, para rezar el rosario a la Virgen, honrar con nuestras visitas a Jesús sacramentado, acompañar a Jesús expuesto en la custodia, y guardar unos momentos de silencio y de examen de nuestro día, mi afán en la capilla era atender a todas estas expresiones de fe, con dedicación y entusiasmo.

En ese lugar y tiempo, es donde mi infancia, sorprendida y limitada, se encontró con un hermano mayor llamado Florentino Muñoz. Él era el capillero mayor y él fue el que me enseñó, con cariño y paciencia, cuanto debía saber en relación con el servicio que ejercíamos.

Guardo de esos momentos el más lindo recuerdo, pues Florentino ejercía su misión y cuidado de mí, con una gran ilusión y paciencia, y me enseñaba con gran dedicación todo lo que se refería a la capilla y los actos piadosos que allí se celebraban. Me trataba como un niño que era, y era delicado y sensible en su trato.

Este primer contacto con él dejó en mi corazón una singular gratitud, que nunca olvidaré. Su presencia me acompañó siempre.

Pasaron los años en Coria y después, más tarde, me encontré con él en Cáceres. Siempre lo miré con gran consideración y supe que era un jovencito capaz e inteligente. Mantuve siempre con él una relación amistosa y cercana, pues mi tío Justo Rivero, sacerdote y profesor del seminario, siempre me hablaba muy bien de él.

Pasaron los años y él se fue a Salamanca a estudiar Teología. Yo, por bastantes años, lo dejé de ver y, cuando me lo encontré de nuevo, estudiaba yo ya tercero de Teología y al recién llegado, jovencito de años, pero bien preparado, lo hicieron profesor de Teología Dogmática, y uno de los alumnos de los tres cursos que atendía era yo. Así que volvía a tener una relación cercana con él.

El trabajo con él fue costoso, porque era exigente. Era nuevo e interesante cuanto decía, pero recuerdo que nos costaba seguirle, porque su lenguaje y enseñanza actualizada de la teología nos resultaba difícil entenderlo, pero poco a poco nos fuimos haciendo y siempre nos resultó enriquecedor.

Ya de sacerdote, tras mi venida de Roma, tuve un trabajo con D. Jesús Domínguez, el Obispo, muy cercanos a él, pues ambos éramos vicarios, y trabajábamos al unísono, muchas veces. Nuestra relación no hizo más que crecer y crecer y yo siempre me sentí muy a gusto cerca de él.

Trabajamos muy unidos en la Asamblea Sinodal de los años ochenta y, siempre, este humilde siervo aprendió mucho de su sabiduría y su bien hacer. Estuvimos muy cercanos en la muerte de D. Jesús, y fuimos a verlo a Sevilla cuando ya se había enterado de su situación anómala. Dejamos de vernos de nuevo unos años, porque yo fui nombrado párroco del Casar de Cáceres y los cuatro años que pasé allí aparecí poco por Cáceres… Sucedió la muerte de D. Jesús y el pontificado de D. Ciriaco.

Pero, tras este paréntesis, volví a Cáceres para ser párroco de Fátima y, de nuevo, me encontré con mi amigo entrañable Florentino.

Fátima fue para mí el acontecimiento central de mi vida. Allí trabajé 26 años y, siempre que lo invité, Florentino acudió presuroso a ofrecerme sus servicios de formación a la gente.

Todos esos años pasados en Fátima, Florentino ejerció conmigo de ángel custodio. Me acompañó, me ayudó en todo, me sirvió desinteresadamente, compartió conmigo reflexiones, celebraciones de la Virgen de Fátima, comidas de hermandad, en suma, acompañamiento espiritual y servicio a las gentes.

Me siento hondamente agradecido, valoro su persona, su actitud, su delicadeza, lo mucho que sembró a mi lado. Suba hoy mi plegaria hasta lo alto del cielo por este singular compañero y hermano que, además, como vicario del clero tantos años, acudió presuroso a todos los rincones de la Diócesis a atenderlos y cuidarlos con su esmerada enseñanza.

Florentino, siervo fiel, descansa en el seno de tu Señor, que llevaste siempre en tu corazón y, con su presencia amorosa, iluminaste la vida de tantos. El Buen Dios prodigue sobre ti bendición incesante y te colme de paz y de ternura, y prodigues sobre todos los sacerdotes de esta Diócesis, que tanto quisiste, tu intercesión poderosa.

Te encomiendo especialmente a la Madre del Cielo, Virgen Purísima de la Montaña, que también serviste y celebraste y le ofreciste cada día tus mejores sentimientos.

Recuerdo con cariño a tu hermana Mara, con la que conviviste tantos años, con suma alegría y gratitud. Ayúdala desde el cielo, donde ya disfrutas con tus padres, hazle fácil la vida, privada de tu sombra. Para el resto de tus hermanos y sobrinos, un abrazo grande y el mayor consuelo en esta circunstancia. Sed felices todos, tenéis en el cielo un singular compañero de viaje, un protector inigualable.

Florentino, mi querido amigo, ayúdame en mis últimos años, recuérdame ante el Señor y la Virgen, dame acierto en mis afanes, dame luz en mis agobios, dame paz en mis pesares y limitaciones.

Oro por ti al Señor, estarás siempre en mi corazón, contigo mi vida se enriqueció. El Dios Amoroso perdone todas tus debilidades y limitaciones y te conceda disfrutar de su gloria. Amén.

Juan José Rivero

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