Cartas de D. Francisco a los últimos sacerdotes de la Diócesis fallecidos

DESCANSE EN PAZ EL SACERDOTE MISIONERO
D. FELIX CARRONDO

Félix Carrondo Pérez. Misionero en Río de Janeiro -Brasil.
*26-07-1928 – 07-10-2012

Querido D. Félix:

Recuerdo con afecto y con añoranza mi amistad contigo y tus visitas desde Brasil. Siempre te acercabas para saludarme y darme un abrazo fraternal.

Cuando nos escribió el Obispo de tu Diócesis, en el corazón de Brasil, y nos comunicaba tu fallecimiento y también tu deseo de ser enterrado donde habías realizado tu ministerio sacerdotal, recordaba la frase del P. Llorente, enterrado también entre los que había entregado su vida: «En la vida y en la muerte somos de los que amamos».

Así ha transcurrido tu vida. Entre los pobres, más pobres. Aquellos, que hace muchos años tu vocación de misionero, te llevó a dejarlo todo por servir en aquel continente de la esperanza a todas las personas que el Señor ponía en tu camino, ara llevarles el amor de Jesús. Por ser misionero, siempre fuiste sembrador de alegría, la alegría de Jesús.

No fue fácil tu vida, como no es fácil la vida de cualquier misionero, de cualquier sacerdote. Nunca fue ni es fácil una vocación de «dar la vida» en una sociedad que cuantas veces te habrán dicho «Para qué irse tan lejos cuando hace tanta falta aquí». Aquello a ti no te convencía porque nuestra vida cuando se pone en sintonía con el Señor siempre nos lleva a «Evangelizar a los que sufren». Cuando no damos a Jesús todavía hacemos más pobres a los pueblos y a la gente que busca en Jesús todo aquello que está en el corazón humano: de deseo de justicia, de paz, de fraternidad. Todo esto lo encarna y tiene un nombre concreto: Jesús, al que los misioneros, como tú, entregan su vida hasta el final.

Celebré en la Parroquia de Santiago, donde habías ejercido tus primicias sacerdotales. Allí estaban muchos de tus hermanos sacerdotes, de tu familia, de tus amigos, de la gente de Cáceres y de los lugares claves en tu vida. Celebramos la Misa por ti y pedimos al Señor que te haya acogido en su seno «como al servidor bueno y fiel». Pedimos que tú también le pidas a Dios que alguien venga a ocupar el puesto que tu has dejado.

Pensaba en el puesto que dejas y también pensaba en tantas necesidades como tenemos en nuestra Diócesis. Pedimos para que el Señor nos conceda abundantes vocaciones misioneras y vocaciones a la vida sacerdotal. Estamos seguros, que así será y en este Año de la Fe, hacemos un acto de confianza, cuanto más es nuestra pobreza.

Querido Don Félix, desde donde estás ruega al Señor por tu querida Diócesis del Brasil y tu querida Diócesis de origen de Coria-Cáceres. Sin ti somos más pobres, pero confiamos en que el Señor nos bendiga con abundantes vocaciones.

Una Iglesia Diocesana que se abre a las vocaciones misioneras, sabemos que el Señor nos bendice con creces. La vocación misionera no nos quita nada sino que nos recuerda que toda la Iglesia debe ser misionera y que cuanto más generosos seamos, más recibiremos la bendición del Amor del Señor.

Allí estaba tu querida familia, tus hermanos. Tu corazón sacerdotal estaba siempre abierto como el Corazón de Cristo para servir a todos. Gracias por tu testimonio de fidelidad hasta el final. Te llevamos siempre en el corazón.

¡Descansa en paz! La Iglesia Diocesana de Coria-Cáceres con su Obispo a la cabeza, quiere agradecer a Dios el don de tu vocación misionera y sacerdotal. Desde aquí hago una llamada a que sean muchos los que abran su corazón a la llamada del Señor ¿Por qué no tú, que puedes estar leyendo esta carta?.

FRANCISCO CERRO CHAVES
Obispo de Coria-Cáceres

UN SACERDOTE SENCILLAMENTE BUENO

Cándido Escribano Calvo. Resid. Hermanitas de los Pobres, Cáceres.
*11-05-1930 – 10-01-2013

Querido Candi:

Todavía recuerdo tu buen humor y también tu vida de sacerdote bueno y sencillo. Te conocía todo Cáceres. Algunas veces lo he podido comprobar, cuando al estar contigo en el Hospital o en las Hermanitas de los Pobres, comprobé una y otra vez las visitas de personas que habían recibido tu amistad sacerdotal.

Siempre me he preguntado qué es lo que hace que un sacerdote sea de verdad querido por su parroquia, por su pueblo, por la gente. No suele ser por sus muchas cualidades, casi siempre puede ser porque quiere de verdad, aunque les exija a la gente que el Señor le ha puesto en su camino. Normalmente suele ser un afecto mutuo. Cuando de verdad se entrega uno a la gente, la gente suele corresponder con el aprecio sincero del corazón.

Candi fue de verdad un sacerdote que, formado en Coria, siempre trabajó al servicio de la Diócesis, allá adonde el Obispo le enviaba. Mantuvo relaciones de mucho aprecio con los Obispos, destacando su amistad con D. Jesús Domínguez, D. Ciriaco y conmigo, en medio de la que pude comprobar, una y otra vez, su extraordinaria bondad de corazón, su sencillez, su buen sentido del humor, su honda sinceridad y, también, su ser profundamente religioso, es decir, piadoso. Son muchas las veces en las que le encontré rezando el rosario o con el Breviario, que por cierto lo hacía y tenía muy claro, por todas las personas a las que llevaba en el corazón y por las grandes intenciones de la Iglesia.

El tiempo que pasó en las Hermanitas de los Pobres fue para él un volver a descubrir la alegría, el buen trato con la gente y el vivir en el agradecimiento.

La enfermedad avanzó más rápida de lo que esperábamos. No nos sorprendió, pero nos descolocó. Nosotros tenemos nuestros planes y Dios los suyos, que curiosamente al final son los mejores, y que nos gusten o no nos gusten se imponen. Nosotros los creyentes creemos que por el Amor de Dios son los mejores.

Seguramente que muchos, que han tratado contigo, querido Candi, te recuerdan y son muchos los días que te echan de menos por tus consejos, por tu buen humor y por tu amistad ofrecida incansablemente. Estoy seguro que, desde «arriba» seguirás ayudando a los que estamos «abajo». Dios te lo pague.

Mi contacto contigo ha sido siempre muy enriquecedor. Te hacías querer. Doy gracias a Dios por tu vida sacerdotal, tan llena de entrega y generosidad y también, como a todos, no exenta de fragilidades y limitaciones. Santo no fue el que nunca cayó, sino el que siempre se levantó. Sin embargo, estoy convencido, querido Candi que en ese examen último que has pasado, en el atardecer de tu vida, cuando has sido examinado en el amor habrás sacado una nota alta, muy alta porque tu pusiste al Señor en el centro de su vida, porque los pobres y menesterosos encontraron en tí el consuelo y la ayuda necesaria. Es verdad que al final de la vida lo que siempre contará será el Amor, el amor que entrega la vida y se hace servicio a los más necesitados.

Quiero pedirte, Candi, que hables a Dios por nosotros y de nosotros. Háblale de nuestra Diócesis. Dile que necesitamos santos sacerdotes, que vivan la pasión por Jesús y por los pobres. Te pido un favor y es que le digas a la Madre de Dios y Madre nuestra que cuide a todos los enfermos, los que se sienten solos. Tú que estuviste tan cerca de los que sufren, de las personas que, a veces, nadie hace caso, que su vida no es importante para nadie.

Gracias querido hermano sacerdote, Candi, te lo digo también con tu familia, que siempre estuvo incondicionalmente a tu lado hasta el final.

Cuida de todos nosotros. Gracias.

FRANCISCO CERRO CHAVES
Obispo de Coria-Cáceres

UN SACERDOTE, PASTOR BUENO

Julio Pérez Rubio. Resid. S. Nicolás de Bari, Coria.
*23-12-1931 – 27-01-2013

Querido D. Julio:

¿Te acuerdas mi primer encuentro contigo en Valdesalor? Estaba ya muy deteriorada tu salud y seguías «con las botas puestas», como tantos sacerdotes mayores, que son capaces de hacer de su entrega un gesto continuo de heroísmo.

D. Julio estuvo hasta el final trabajando. Su último pueblo fue Valdesalor, pero había pasado desde que inició en Casar de Cáceres hasta tantos lugares donde supieron de la entrega y de la sencillez del buen cura de pueblo, que fuiste, querido D. Julio. No aspiraste a grandes cargos. Elegiste el camino seguro de un sacerdote de parroquia, donde tu entrega se hacia a todos: a los niños, a los jóvenes, a los enfermos, a los pobres, a los ancianos, a la gente en general, donde poco a poco fueron captando tu buen corazón de padre, de amigo, de hermano.

D. Julio, decía San Agustín, que en el cielo, cogidos de la mano del Señor, recorreremos los valles de la alegría, los verdes prados de la esperanza ya lograda, el gozo del amor sin cansancio ni aburrimiento ¿Cómo es el cielo? ¿Cuáles son las grandes alegrías realizadas?

D. Julio siempre fue muy familiar. Quiso a su familia y hasta el final estuvieron a su lado para ayudarle en su larga enfermedad y cuando el deterioro físico y mental iba haciéndose cada vez más realidad en su vida, siempre estuvo acompañado y siempre agradeció la presencia y la ayuda de la Diócesis, su familia, las Hijas de la Caridad, cada uno, desde su propia realidad, ha servido y D. Julio, al final, ha sido casi como un niño, ayudando a tanto gesto de cariño y de aprecio por una vida sacerdotal que se ha dado sin reserva a todos.

D. Julio, gracias te dice tu parroquia, la gente que te trató y te conoció, todos los compañeros sacerdotes, tu familia y un servidor que, como Obispo pude comprobar una y otra vez tu vida sacerdotal y también tu vida de entrega y generosidad.

No fue fácil tu vida sacerdotal. Viviste, como otros muchos, en tiempos recios. A nivel social el trasfondo de una guerra y las consecuencias posteriores. A nivel de Iglesia un Concilio y sus consecuencias. También te tocó de lleno la transición política. En todo, D. Julio, permaneciste fiel, como muchos curas que supieron hacer de sus vidas un servicio a los empobrecidos y seguir llevando a la gente la Buena Noticia del Amor de Dios.

En la misa funeral que celebramos en Valdesalor y con representantes de todos los pueblos donde conocían tu sencilla entrega de buen sacerdote al servicio de todos, pude comprobar el cariño y el sentir de tantos feligreses tuyos a los que habías bautizado o casado o perdonado sus pecados o celebrado la Eucaristía día a día, domingo a domingo, donde manifestabas la solicitud por llevarles la alegría del Evangelio.

Descanse en Paz, tan querido amigo y hermano sacerdote, que siempre se caracterizó por un trato familiar y humano con todos. Gracias por tu cariño y por tu generosidad tejida hasta el final de tu amor incondicional a Cristo, a la Iglesia, a la gente donde por el ministerio pastoral se te encomendaron tantas comunidades, donde tu vida se hizo sencillo servicio. Gracias por tu vida. Háblale a Dios de nuestras necesidades para que desde nuestra pobreza seamos capaces de construir la civilización del Amor que está cimentado sobre el Corazón de Cristo.

FRANCISCO CERRO CHAVES
Obispo de Coria-Cáceres

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