Cuando experimentamos nuestra vulnerabilidad surgen las preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida

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Que la fe no se limite solo a palabras, sino a involucrarse en la historia y las necesidades del prójimo. Este es el deseo de nuestra Iglesia ante la celebración de la Jornada Mundial del Enfermo que se celebra el 11 de febrero. Hablamos sobre el mensaje del Papa y la celebración de esta Jornada con el delegado de Pastoral de la Salud, Juan Carlos Moro.

– El Papa Francisco ha publicado un mensaje en el que recuerda la importancia de apoyar a quienes sufren una enfermedad «con el bálsamo de la cercanía». En plena pandemia de la covid 19, ¿cómo se puede poner esto en práctica?

Efectivamente, hacer realidad este «bálsamo de la cercanía», en este entorno social que prohíbe las visitas a hospitales, residencias de ancianos e incluso a los hogares, resulta difícil. Pero en vez de lamentarnos, entre todos hemos hecho de la necesidad «virtud» y, aunque no sea lo mismo, hemos aprendido a usar las tecnologías, como las video llamadas, que han permito a muchas personas despedir a sus seres queridos, gracias a la humanidad del personal sanitario. También hacer uso frecuente de las llamadas de teléfono, que permite entrar en los hogares de quienes sufren la punzante soledad, y transmitirles nuestro cariño y cercanía.

– El Papa hace hincapié en que la experiencia de la enfermedad «hace que sintamos nuestra propia vulnerabilidad». ¿Nos ha servido esta situación para volver a mirar en nuestro interior, a nuestros hermanos y volver la mirada a Dios?

Desgraciadamente, esta crisis nos revela que sólo cuando nos rompen nuestras seguridades, certezas o bienestar, y experimentamos crudamente nuestra vulnerabilidad, es cuando nos surgen las preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida, lo que sostiene nuestra existencia. Y ojala nos haga redescubrir nuestra condición de criaturas, frente a una falsa omnipotencia; mirar con ojos nuevos al que sufre como yo. Y al captar lo importante de sentirse amados, volver a percibir a ese Dios que es amor.

– Estamos viviendo situaciones dramáticas de enfermedad, soledad y muerte, ¿qué podemos aportar los cristianos?

En estas situaciones dramáticas, los cristianos únicamente podemos aportar algo si vivimos nuestra fe realmente y no como algo cultural. Si somos capaces de testimoniar que vivimos la enfermedad confiando en Dios, ofreciendo nuestros dolores por la salvación del mundo. Si nos llega la soledad forzosa, y es una soledad habitada por el Señor, y no dejamos de preocuparnos por los demás, en vez de encerrarnos en la queja. Y ante la muerte testimoniamos una paz fundada en nuestra concepción de la muerte como un tránsito a la vida eterna, y una esperanza real de vivirla en la gloria de Dios. En estos casos si seremos luz y esperanza para quienes viven en la tristeza y desesperanza.

– El Santo Padre afirma que esta Jornada «es un momento propicio para brindar una atención especial a las personas enfermas y a quienes cuidan de ellas, ya sea en los lugares destinados a su asistencia como en el seno de las familias y las comunidades». ¿Cuál ha sido la labor del personal sanitario en esta crisis? ¿Y la atención a las familias?

Casi todos conocemos el tsunami que supuso para el personal sanitario y trabajadores de la sanidad la llegada de esta pandemia. De repente se llenaron los hospitales de enfermos que se les morían en sus manos sin saber cómo ni por qué. Sacaron de si unas capacidades impresionantes, para hacer en un día el protocolo que antes era de una semana. Y un fenómeno nuevo, ellos también se contagiaban de la misma enfermedad que trataban de combatir sin saber bien cómo. Esto dio lugar a una extraordinaria empatía entre enfermos y cuidadores, y entre las distintas escalas del personal sanitario entre sí. Y los enfermeros también colaboraron con los capellanes, que al no poder acceder hasta el enfermo o moribundo por carecer de traje protector, eran ellos quienes ungían con aceite sagrado o daban la comunión, mientras el capellán realizaba las oraciones.

La atención de los familiares quizás ha sido la más perjudicada por las limitaciones impuestas por las autoridades, sin poder despedir adecuadamente de sus seres más queridos. Habiendo necesitado un acompañamiento que aliviase esa impotencia de no poder acompañar o el duelo por sus seres queridos.

– ¿Está desbordada la pastoral de la salud en las parroquias? ¿Cómo se está viviendo esta situación con un voluntariado eminentemente mayor? ¿Hay algún cambio significativo?

Precisamente cuando más se necesita en nuestras comunidades parroquiales ese «bálsamo de cercanía», dos fuertes impedimentos impiden desempeñar como desearíamos la misión pastoral. Por un lado las limitaciones de movimientos impuestas por la autoridades, presentes aun por esta tercera ola de la pandemia, hace imposible visitar a los ancianos de las residencias o en sus casas. En segundo lugar la edad media del voluntariado, que los convierte en personas de riesgo. El cambio viene impuesto por la necesidad de emplear de manera metódica, la llamada telefónica o videollamada para llegar a los más necesitados de compañía. Y para mantener la comunión entre los grupos recurrir a las reuniones por zoom o meet, en espera de poder reunirnos un día «como siempre». Y por último, ahora también hemos redescubierto la importancia de reforzar nuestra fe en el poder de la oración de intercesión, y la necesidad de invocar el Espíritu Santo, confiando plenamente en su ayuda para superar esta situación.

– Francisco expresa que, por un lado, la pandemia actual ha sacado a la luz numerosas insuficiencias de los sistemas sanitarios y carencias en la atención de las personas enfermas: «Los ancianos, los más débiles y vulnerables no siempre tienen garantizado el acceso a los tratamientos, y no siempre es de manera equitativa». ¿Estamos ante una nueva desigualdad en el mundo con el tema del acceso a las vacunas?

Esta pregunta tiene una respuesta clara según vemos cómo evolucionan los hechos, realmente hay una desigualdad. No sólo dentro de los países, donde hay altos cargos que se saltan los protocolos para vacunarse antes de quienes tienen preferencia, sino a nivel mundial, donde se observa una lucha desigual para conseguir más dosis de vacunas. Aunque el poder contagioso del virus no conoce fronteras, la lucha contra él, si varía mucho de unos países a otros, en detrimento de los más pobres.

– Cuéntenos alguna experiencia personal que le haya marcado este tiempo.

Todos hemos sufrido por no haber podido acompañar adecuadamente a tantas personas que perdieron a sus seres queridos en condiciones difíciles. Pero quizás la experiencia más lacerante ha sido la muerte de un matrimonio, con quien me unía una gran amistad, y de su hija mayor. Los tres se fueron con el Señor en el espacio de tres meses. Y especialmente duro fue no poder acompañarles con nuestra presencia. Como diácono, me impresionó celebrar un funeral consistente en rezar un responso ante el coche fúnebre a la puerta de un cementerio en medio de las encinas, prácticamente sin parientes del fallecido, teniendo problemas para subir el féretro al nicho por falta de personal.

– El Papa finaliza su mensaje enfatizando que el mandamiento del amor, que Jesús dejó a sus discípulos, también encuentra una realización concreta en la relación con los enfermos: «Una sociedad es tanto más humana cuanto más sabe cuidar a sus miembros frágiles y que más sufren, y sabe hacerlo con eficiencia animada por el amor fraterno. Caminemos hacia esta meta, procurando que nadie se quede solo, que nadie se sienta excluido ni abandonado». ¿Quiere transmitir un último mensaje?

El problema de la soledad es tan grave en nuestra sociedad occidental que ya el Papa la definió como» pandemia» hace dos años, y fue el tema central de la Pastoral de la salud de la Iglesia en España. Esta crisis ha agravado y aumentado el número de personas que la sufren de manera exponencial. Para afrontarla desde la pastoral de la salud debemos trabajar desde las parroquias en varios niveles. Primero buscar voluntariado donde no exista y formarle adecuadamente para asistir y acompañar a quienes atraviesan ese sufrimiento que genera la soledad no deseada, una de las grandes causas del sufrimiento en las personas mayores y más vulnerables. Por otra parte, la misión antigua y siempre nueva de evangelizar en el sentido de enseñar a vivir desde nuestra fe en Cristo la enfermedad y la muerte, que tarde o temprano, a todos nos llega. En nuestra Iglesia tenemos una excelente doctrina y un magisterio enriquecido a lo largo de los siglos. Y para terminar me atrevo a indicar una asignatura pendiente, muy importante para abordar la soledad, es enseñar hacer oración personal, como un diálogo. Quien se acostumbra hablar con Dios, está muy preparado para enfrentarse a la soledad, y hacer frente a esta crisis existencial que daña tantas almas.

Quisiera agradecer en nombre de nuestra Iglesia de Coria-Cáceres a los capellanes de los hospitales, clínicas o residencias de ancianos, que han hecho presente a Cristo y su misericordia desde que se decretó el estado de alarma hasta hoy. Y pido que oremos por ellos y por los nuevos capellanes que han sido instituidos recientemente en nuestra diócesis.

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