Don Ambrosio el hombre más rico de toda Aldeanueva

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Hoy los murmullos callaron, hoy la tristeza invadía la Iglesia; hoy los ojos te seguían cabizbajos mientras cruzabas el pasillo al término del rosario y te arrodillabas ante el altar. Puede que nos sintiéramos un poco como los apóstoles, cuando vieron marchar a Cristo de su lado; perdidos, confusos, recordando cada momento que habían pasado a tu lado. Nuestro pastor se alejaba ahora hacia lo que Dios hubiera reservado para él. Y nuestro corazón rezaba hoy desolado, aunque sabiendo que el Señor estaba detrás de ti, esperando para arroparte y cuidarte, para decirte: ‘¡Bien hecho muchacho, estoy muy orgulloso de ti!’. No por no haber faltado nunca, sino por nunca haberte apartado de él y haber llevado su Luz a nuestros pobres corazones. Desde que te llevaron de niño a aquel lejano seminario desde el que, nos contabas, no podías ver a tu familia ni en Navidades, pasando por aquellas heladas en Salamanca mientras estudiabas; por la Iglesia redonda, la de San Marcos, donde estuviste un par de años, hasta llegar a nuestro pueblo, de donde ya no te marchaste.

Hoy te veía cerrar las puertas con esa gran llave que nunca te pesó en el bolsillo. Y pensaba, ¿cómo va a funcionar sin ti? Me parecía que esa llave y tú erais una sola cosa. Nos quedamos allí mirándote fijamente, más atentos que nunca a tus palabras para que tu sonido se quedara grabado en nosotros y no pudiéramos olvidarlas nunca.

Recuerdo que te acompañaba la primera vez que vi a alguien fallecido. Viniste a la escuela a por los monaguillos que teníamos que ayudar esa semana para que fuéramos a llevar la cruz y el agua bendita. Otra chica y yo caminábamos contigo; tú siempre ibas tranquilo, siempre con esa paz y serenidad que sólo una profunda fe puede ofrecer. La otra compañera y yo nos pusimos una a cada lado tuyo mientras entrábamos a aquella habitación con el féretro abierto. Casi nos arropábamos con tu alba porque estábamos asustadas, con los ojos muy abiertos, mientras rociabas el agua bendita sobre aquella señora. Recuerdo el sabor de las obleas que nos regalabas en sobres porque sobraban. No te importaba llevarnos contigo al pueblo vecino aunque no te ayudáramos mientras celebrabas la misa. Te contentabas con regalarnos dinero para chucherías y hacernos reír en el coche. Tampoco te importaba que fuéramos a ofrecer en el mes de Mayo sólo por las golosinas que nos dabas. Al menos conseguías que escucháramos el rosario y la Virgen nos viera desfilar por esos pasillos llenos de flores para ella. Recuerdo ir cargada de muchos pesos y pesares hacia el confesionario; de todas las preciosas confesiones recuerdo una en especial en la que me acariciaste el rostro y me dijiste que Dios me quería como soy, que nuestro padre nos limpia cada vez que nos ensuciamos y jamás se cansará de hacerlo. Me confesé hace dos días sin saber que sería la última de ellas y aún me sigue emocionando escuchar tu voz repitiéndome la absolución. Recuerdo muchos sermones tuyos pero guardo en la memoria uno en particular que me trajo una paz especial al corazón cuando hablabas de la muerte; nos decías con el rostro sonriente que morir era tan sólo quedarse dormido para despertar en los brazos de Dios. Así que, cuando la oscura muerte me aterra, pienso en tus palabras y duermo tranquila.

Tan sólo son algunos recuerdos que llevo en mi corazón. Sin duda llenaría hojas enteras de conocer cuántos y cuántos de ellos guardan tus fieles en sus corazones. Nunca unas pocas palabras podrán expresar el amor que queda en nosotros después de vivir tantos años junto a ti. Aquellos momentos eternos, aquel tiempo de oración incansable no podrá perderse nunca, no morirá jamás. Seguirá alentando corazones y envolviendo nuestras vidas de una forma jamás descriptible, jamás comprendida por nosotros mismos. Como la fe que sembraste y alimentaste en nosotros. Por eso no podrás irte nunca ya que tu vida permanecerá en nosotros y nosotros en ella, ya que tus palabras resonarán entre aquellos muros como suave brisa que calienta los corazones, ya que tu obra cobrará vida con cada campanada.

Te vimos marchar sin hacer ruido, como las cosas importantes para Dios, aquellas humildes y pequeñas. Sin duda el mejor regalo que llevaste contigo es todo lo que nos has dado, toda la vida que nos has regalado. Almacenaste tus tesoros donde se hallaba tu corazón, allá, en las moradas eternas. Pastor nuestro, guía de nuestra vida, aliento de nuestra esperanza, luz de nuestra fe, paz de nuestros corazones. Ahora sé y no tengo ninguna duda, que eres el hombre más rico de toda Aldeanueva.

Sara Pallarés García

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