El Covid ha venido a casa por Navidad. Testimonio tras superar el Covid-19

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Nadie lo llamó, nadie lo invitó, es más, las precauciones y cuidados que hemos tenido para que este bicho no apareciera en nuestras vidas, han sido, en palabra de quienes nos conocen, exageradas. Pero, en fin, el virus llegó y con todo, agradecida de que no atacase con violencia a mi familia, que no han tenido apenas síntomas, porque esta enfermedad es caprichosa y maneja a unos y a otros, como si de un juego macabro se tratase. Yo en cambio sí lo he conocido más a fondo, aunque gracias a Dios, no he necesitado ir al hospital y eso ya, con la que está cayendo, es una gran bendición, porque hablamos de una dolencia que te chupa la energía con avaricia, y que a muchas personas les viene quitando la vida.

Di positivo y me encerré en mi cuarto, con la angustiosa certeza de pensar que mi familia ya podría estar contagiada, como así fue. ¿Quién fue el primero? No lo sabremos, aunque los síntomas más fuertes comenzaron y acabaron en mí -cuántas gracias doy a Dios por eso.

A mi familia, al coincidir varios días festivos, tardaron en hacerles la prueba, y mientras yo, «viví» -es mucho decir, en mi habitación, muy duros momentos, solo de lejos, al dejarme en la puerta alimentos, que no conseguía comer, o cosas que necesitaba, mi marido y mis hijas se ponían al fondo del pasillo y al abrir mínimamente la puerta me decían ¡aguanta mamá, estamos aquí y te queremos! ¡Cómo me hacían sonreír con lo que me costaba!

En esos días de «encierro», esta es una enfermedad, también de terrible soledad, qué pena quienes tienen que permanecer completamente solos, puedo decir, que la fe, la mía, la de mi familia y la de todos los que habéis rezado por nosotros, es la que me ha ayudado, ¡Gracias Señor por la fe!

Ofrecer por mi Mozambique amado estos días de soledad y dolor ha sido una gracia. No dejemos nunca de ofrecer nuestro sufrimiento, porque el ofrecimiento, tiene que tener recompensa, dejas de pensar en ti, y piensas en quienes lo ofreces, eso tranquiliza y da mucha paz.

Un amigo misionero me dijo: «aprovecha y habla con Dios en estos momentos de quietud y soledad y escúchalo, está ahí, contigo». Y lo creí y lo viví.

Cuando ya crees que no puedes más, Dios te sujeta y te abraza, no estás sola. ¡Nos hemos dicho tantas cosas! Me emociono al recordarlo. Sé que él ha cuidado de mí y de los que tanto amo. He experimentado la fuerza y la compañía de la oración, es la caricia de la Madre, ante el dolor de su hija amada.

Montaña Malpartida.

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