El Espíritu de la Navidad

Estos días se escribe mucho sobre esta «mística actitud del corazón creyente«. Con esta pincelada ya la doy por definida. Lo contrario es algarabía y sacudir las soledades, en corazones resecos o abrigados en pieles, allí se nota su ausencia.

Porque no creo que sólo sea decorado de moda o cultura dominante o de época. No es un duende, ni brota de unos adornos, esos son preludio de que está cerca, ahora bien, antes de eso hay «un sentir del pueblo de Dios», y del mundo, su escenario, donde muestra él su soberano actuar, por mucho que tantos le empujen hacia fuera, o pretendan ocultar, sin embargo siempre hay una música que de lo profundo atrae a los orígenes, al génesis, al principio- «Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero». O aquel pregón: «Y al principio era la Palabra y la Palabra estaba en Dios… en ella había Vida, era la Luz sobre los hombres».

El principio de la Navidad es Dios Padre, ahora bien quien derrama este espíritu o actitud creyente, esta mística de esperanza serena y gozosa, esta ternura de amor, con sello eterno, va más allá de la nieve o la niebla, de los días íntimos entorno al hogar encendido, más allá de las tardes grises y lluviosas, o de las mañanas de escarchas blancas y dilatadas, – más que un san Nicolás-. Es Dios en su comunión eterna que escribe en el vaho del tiempo con su dedo poderoso y acariciador, por tanto, es mucho más de la voz que llama a lo íntimo, de un recuerdo de inocencia tal vez marchito.

La Navidad es un «Niño que nos nace en el anuncio y escucha de la Palabra: «Un Hijo que se nos da…», en la comunión eucarística, un canto que aflora de villancico en campos de pastores, gente sencilla y de fiar, allí brota la Navidad. Los ángeles cantan la Gloria de Dios, los que velan en sus trabajos, se ponen en marcha hacia el Misterio del Amor: «una Madre un Niño y el velador, san José». Allí está mi Navidad.

El espíritu de la Navidad brota de la noticia que da la Palabra, – esa imagen viva latente en el alma que siente nostalgia eterna de Dios, y no encuentra otra salida que la angosta entrada en el mundo de un Niño en brazos de una Madre, velada por un servidor enamorado, el justo José. Es la Noche que cobija íntima la Luz del Amor y atrae a los sencillos pastores del mundo. Y lo encontraron, allí en la pobreza de un establo, pues el Amor no necesita tanto, solo se basta, basta que se entregue y brote del corazón como el musguito en la hierba.

Cuando las heridas de mis hermanos son tantas, y los sufrimientos se hacen notar, cuando tocamos la propia finitud y hasta masticamos injusticias, entre nosotros, pasa el Señor, la familia de Nazaret; aunque no haya sitio para ellos, también viven la opresión, y eso que llevan la libertad en sus manos y corazón.

También esto es el espíritu de la Navidad, que se alía con la pureza y la pobreza, con la vida de los animales y la naturaleza, de lo osco a la cordial, parece que une a los contrarios y todo se hace un cantar. No, no hay nada de tristeza ni melancolía, la Navidad es gozo y alegría, es una persona, un Niño, eterno Dios, de todas las cosas Señor, que toma mi cuerpo y vida, y lo hace tuyo, para que en este «sagrado comercio», yo llegue a ser Dios y él, hombre, semilla de resurrección. Mi beso, Amor.

Antonio de Jesús Muñoz Hernández, sacerdote

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