El misionero diocesano Paco González felicita la Navidad desde Mozambique

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Una cosa que nos escuchareis constantemente a los misioneros es la convicción que tenemos de que en nuestra labor misionera recibimos más de lo que damos y la constatación de que cada día los pobres nos evangelizan.

He leído estos días con enorme gusto la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium del papa Francisco. Dice el Papa: «La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan de Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe» -nº 200.

En muchas personas que viven en situación de pobreza material se da esta apertura a la fe y un sincero deseo de Dios a los que alude el Papa. Es una experiencia que vivo constantemente en áfrica, las personas necesitan a Dios, buscan dónde poder rezar y oír hablar de él. Recuerdo el caso de una señora que un domingo antes de la misa me pidió permiso para entrar en nuestra iglesia y rezar con nosotros. Ella era musulmana y quería continuar siéndolo, debía pasar una temporada en nuestra población y allí no había mezquita. Ella necesitaba rezar, que alguien le hablase de Dios y ella misma poder hacer su oración en un lugar sagrado, rodeada de otros creyentes. Por supuesto no puse ningún obstáculo a su petición y accedí a ella tan encantado como sorprendido.

¿Por qué se siente más la necesidad de lo divino en estos lugares? Supongo que se podrán dar muchas respuestas. Uno de los motivos que en mi opinión podríamos encontrar es que aquí se vive menos distraído con otras necesidades. Aunque todas las comparaciones son odiosas, si nos preguntásemos cuáles son las necesidades que tiene una persona de un país desarrollado, encontraríamos una lista mucho más larga que la que presentaría una persona de una zona rural de Mozambique, por ejemplo. En occidente se vive obsesionado con conseguir cosas sin las cuales parece que es imposible vivir: dinero que permita vivir no sólo con dignidad sino incluso con desahogo, frecuentes momentos de descanso y diversión, un espacio propio en el que desarrollar el individualismo tan característico de esta sociedad… Crearse estas necesidades en buena de parte de los países en situación de pobreza material sería algo absurdo. Cuando uno no vive distraído con estos sucedáneos de la felicidad es más fácil que acierte con el camino del encuentro con el Absoluto. En las lenguas africanas cuando se habla de Dios se le nombra con palabras que derivan del adjetivo grande. Dios es lo más grande, el que está por encima de tantas cosas insignificantes en las que podemos terminar perdiéndonos si somos torpes.

Este saber diferenciar lo que es grande y lo que es pequeño – aunque en parte pueda ser debido a la falta de alternativas- facilita las cosas y libera de preocupaciones y sufrimientos que no son necesarios. Objetivamente existen muchos más motivos de sufrimiento en un lugar pobre que en uno próspero, sin embargo las personas no son más infelices – si es que la felicidad o la infelicidad se pudiesen medir- en un lugar pobre que en uno rico. A menudo me preguntan cuando muestro fotografías de escenas cotidianas de la vida en nuestra misión, por qué la gente en general y los niños en particular, siempre salen sonrientes y aparentemente felices, con todo el sufrimiento que hay en sus vidas. La única respuesta que he encontrado hasta hoy a esta pregunta es que esa alegría es la que les da Dios directamente a aquellos que han descubierto qué es lo grande y lo importante, encontrar esa riqueza debe llenar de alegría. Alguien dijo que la alegría es la sensación de estarse enriqueciendo, ¿será que al final estos van a ser los ricos, y los que se preocupan y obsesionan con las cosas pequeñas van a ser los pobres? Algo dice el Evangelio de bienaventurados, de pobres de espíritu, de los que tienen hambre, de los últimos y de los primeros…

Me resulta difícil explicar la satisfacción que experimento en muchos momentos al ejercer el Ministerio sacerdotal viviendo en una parroquia rural de la Iglesia de un país como Mozambique, que según el índice de Desarrollo Humano publicado por Naciones Unidas el año 2013 es el tercer país más pobre del mundo, y a pesar de mis propias debilidades y limitaciones, sentirme un pequeño instrumento al servicio de Dios y su Iglesia para comunicar su amor a este pueblo, donde muchos han descubierto que lo que más necesitan es a Dios, y poder colaborar en satisfacer esta necesidad lo vivo como un privilegio.

Esto realmente pretendía ser una carta con motivo de la Navidad, deseo para todos una muy feliz Navidad cristiana. Que el Señor abra nuestros ojos para que miremos, no tal vez, como tanto insistimos los misioneros, hacia fuera, sino en este momento hacia dentro de nosotros mismos, que nos preguntemos que es lo que realmente necesitamos, y seamos capaces de ver en Belén lo que más anhelamos: Dios hecho hombre, en un pequeño Niño que se nos ofrece como el mayor regalo que podríamos desear.

Paco González Jiménez

Sacerdote diocesano de Coria-Cáceres.

Miembro el IEME en Mozambique.

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