El Palancar acogió la celebración del Via Crucis Diocesano

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Cientos de fieles acudieron ayer domingo 19 de marzo a la cita con el Vía Crucis Diocesano al convento de El Palancar, celebrado tradicionalmente en este tiempo de cuaresma.

«Este Via Crucis marca el último tramo ya de nuestra Cuaresma en que nos preparamos para celebrar y renovar los sacramentos en la Vigilia Pascual», explicaba el obispo de Coria-Cáceres, Jesús Pulido Arriero, antes de comenzar el recorrido.

«Representa también lo que es la peregrinación de nuestra vida en este valle de lágrimas, vamos caminando hacia la Pascua definitiva en el cielo, que renovemos también caminar juntos como Iglesia, como nos invita el Papa que nos ayudemos los unos a los otros en el camino, que sintamos la presencia del hermano a nuestro lado, en las diversas estaciones», añadía el prelado.

El Vía Crucis comenzó pasadas las 17 horas con un pequeño problema de megafonía que se subsanó. Los participantes, llegados de varios puntos de la provincia en varios autobuses y coches particulares, comenzaron su recorrido hasta el convento de El Palancar. Durante el camino los sacerdotes confesaron a todos los que desearon encontrar con Dios a través de sacramento de la reconciliación. En cada estación, un arciprestazgo o alguna realidad diocesana, como el seminario, se encargó de la reflexión.

La actividad terminó con la celebración de una misa en el interior del convento, oficiada por el obispo de Coria-Cáceres, Jesús Pulido Arriero.

El prelado destacó en su homilía que “las fiestas, prácticamente de Navidad que se acumulan en torno a este domingo laetare –san José- y el próximo 25 la Encarnación, la Anunciación), indican precisamente que la cuaresma de Jesús y la nuestra es toda la vida desde el nacimiento hasta llega al cielo, que la cuna y la cruz no están tan lejos”.

También aludió al milagro o signo que presentaba el evangelio de San Juan de este domingo: “No nos podemos quedar solo en el hecho sorprendente, sino que tenemos que atender a su significado, un signo es un gesto profético para anunciar el Reino”.

“Los ojos curados de aquel ciego, se vuelven capaces de mirar en profundidad el misterio de Cristo, ante quien exclama: “¡Creo Señor!”, añadía el obispo de Coria-Cáceres. “El camino que va de la luz de los ojos a la luz de la fe, que recorrió el ciego curado y no los fariseos, es el que la Iglesia nos propone recorrer este tiempo de Cuaresma”.

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