«HOY ENTRO A FORMAR PARTE CON ALEGRÍA DE ESTA QUERIDA DIÓCESIS DE CORIA-CÁCERES»

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ESPECIAL ORDENACIÓN

El Nuncio del papa en España, Bernardito Auza y una treintena de obispos, han acompañado a D. Jesús Pulido Arriero en su ordenación en Coria

 “Que el Señor me ayude para que nunca convierta en vanidad lo que es signo de entrega y servicio, para transmitir la fe apostólica, convocar a la comunidad en torno a la Eucaristía, animar el espíritu misionero y la solicitud por los pobres”. Con estas primeras palabras se dirigía Monseñor Jesús Pulido Arriero a los numerosos fieles congregados en la Catedral de Coria ya como nuevo obispo de Coria-Cáceres, que hace el número 119 de esta diócesis.

La Eucaristía de ordenación y toma de posesión tenía lugar este sábado, 19 de febrero de 2022, a las 11:00 horas, en la catedral de Coria. Presidió la celebración don Bernardito C. Auza, nuncio de Su Santidad en España. Fue retransmitida en directo por Trece Televisión y por Radio María.

Don Jesús Pulido partió del hotel Palacio del Obispo sobre las 10:15 horas, acompañado del Nuncio y del Administrador Diocesano, D. Diego Zambrano López. La entrada en la catedral fue a través de la Puerta del Perdón. Ahí, el obispo electo fue presentado al cabildo. El deán-presidente del cabildo D. Ángel David Martín Rubio, le dió a besar el “lignum crucis” y a continuación le ofreció el hisopo para la aspersión con agua bendita a los presentes.

El obispo electo y sus acompañantes partieron después hacia la capilla del Santísimo donde rezaron durante unos instantes. Tras este momento de recogimiento, salieron por la puerta del Evangelio para saludar a las autoridades civiles que esperaban a don Jesús en la Plaza de la Catedral.

A las 11:00 horas, comenzaba la procesión desde el exterior de la catedral, encabezada por diáconos, el obispo electo con dos sacerdotes asistentes, el colegio de consultores, canónigos y obispos. Cerraban esta procesión el administrador diocesano y el nuncio, quien presidió la celebración hasta la toma de posesión del nuevo obispo.

Después del saludo inicial del nuncio, D. Diego Zambrano López, administrador diocesano durante la sede vacante, se dirigió a la asamblea: «Llega a una diócesis que le acoge con los brazos abiertos y el corazón bien dispuesto. Dios ha permitido que hayamos vivido este tiempo de pandemia en espera de un obispo. Si ya de por sí la situación era difícil, a esta porción del pueblo de Dios, se le pedía el coraje de vivirlo sin el aliento, la palabra y la guía de un pastor. Hemos experimentado que Dios no abandona nunca a su pueblo y que ha estado, y está con nosotros.» Y prosiguió: «Cuente con nuestra comunión, disponibilidad y oración para seguir trabajando por una Iglesia sinodal, como nos invita el Santo Padre. Con usted queremos ser la Iglesia que vive la alegría del evangelio.».

Proclamado el Evangelio comenzó la ordenación del obispo. Puestos todos en pie, se cantó el Veni, Creator Spiritus, tras esta invocación al Espíritu Santo, la Iglesia local, por medio de un sacerdote, pide al nuncio apostólico que ordene al elegido y se lee el nombramiento de Don Jesús como obispo de Coria-Cáceres (la Bula Papal). Después de la homilía, don Jesús manifestó su entrega sin reservas al Señor y a su Iglesia. Para abordar una empresa tan trascendente, se pide la ayuda de la Iglesia celeste.

Y, así, llegó el momento central del sacramento: la imposición de manos y la plegaria de ordenación. A continuación, el libro de los evangelios o evangeliario (regalo de los compañeros de las editoriales de la Conferencia Episcopal Española) que le había sido impuesto sobre la cabeza, se le entregó expresando que la predicación del evangelio ha de ser su principal tarea.

Los ritos que siguen explican la tarea del nuevo obispo: la unción con el santo Crisma lo identifica plenamente con Cristo, el Ungido de Dios; la entrega del anillo expresa el vínculo especial del obispo con la Iglesia; con la imposición de la mitra (regalo de la ciudad de Coria), se expresa el firme propósito y el permanente deseo de alcanzar la santidad; y con la entrega del báculo (regalo de su pueblo Santa Ana de Pusa), se le confía la misión del pastoreo, lo recibe el día de su ordenación y lo usa cuando preside una celebración en su diócesis. Simboliza que es buen pastor de las ovejas, que apacienta, instruye, guarda y las defiende, como Cristo, el Buen Pastor; por último, tomó posesión de la diócesis sentándose en la cátedra, desde la que ha de presidir y enseñar.

De este modo, Don Jesús Pulido, tomaba posesión de la diócesis de Coria-Cáceres. A partir de ese momento el nuevo obispo presidía la celebración de la Eucaristía. Una ceremonia en la que se le ha visto visiblemente emocionado en varios momentos.

Cabe recordar que la casulla que portó fue un regalo de la Diócesis de Coria-Cáceres y el Cabildo Catedral y el pectoral un obsequio de los trabajadores y directores de secretariados de la Conferencia Episcopal.

Los obispos concelebrantes, como gesto de fraternidad, le saludaron, y una pequeña representación de la diócesis también le mostró su cercanía y acogida (dos sacerdotes, dos diáconos, dos religiosos, dos religiosas y una familia).

El obispo recorrió la catedral acompañado de dos obispos, ambos de la Hermandad de Operarios, el obispo de Barbastro Monzón, D. Ángel Javier Pérez Pueyo y el obispo de San Bernardino en California (Usa), Don Rutilio J. Del Riego Jáñez, impartiendo la bendición a todos los fieles congregados en la catedral, entre una multitud de aplausos.

Casi al final de la Eucaristía, el obispo habló por primera vez como pastor propio a su pueblo. Don Jesús Pulido destacó la “reconciliación”, palabra elegida precisamente para su lema episcopal: MINISTERIUM RECONCILIATIONIS.

«La reconciliación nos recuerda que la alegría del cielo se experimenta aquí en la tierra bajo especie de perdón y misericordia. Es la alegría del evangelio, de quien encuentra la oveja perdida y la lleva sobre sus hombros».

También se refirió al momento presente que vive la Iglesia con el Sínodo convocado por el Papa y a la pandemia del coronavirus.

«Caminar juntos, la sinodalidad, a la que el Papa Francisco nos convoca, no es simplemente una nota o propiedad de la Iglesia, sino que expresa su naturaleza, su definición, su forma, su estilo: la Iglesia es camino, camino de salvación, y caminar juntos quiere decir contar con todos, no dejar a nadie atrás, al borde del camino, excluido, descartado.

Este tiempo de pandemia nos ha hecho descubrir la importancia de la cultura del cuidado frente a la cultura de la indiferencia. El coronavirus no es una enfermedad individual sino colectiva; es el género humano el que lo ha contraído y, mientras no se cure todo el cuerpo, hay riesgo de recaídas. Somos responsables los unos de otros. Otras enfermedades de la humanidad tratamos de localizarlas en un lugar concreto poniendo fronteras para que no se diseminen: la pobreza, la guerra, la incultura, el hambre, el subdesarrollo, la corrupción… Pero también en estos casos, cuando un miembro está enfermo, todo el cuerpo sufre (cf. 1 Cor 12, 16)».

El prelado no quiso olvidarse del buen recibimiento de la Diócesis, de la labor de quienes le han precedido en el episcopado y de todos los que han realizado su labor en la diócesis durante el tiempo de sede vacante. También tuvo un recuerdo para el Sínodo Diocesano, y el momento actual de Coria-Cáceres: «Hoy entro a formar parte con alegría de esta querida diócesis de Coria-Cáceres. Agradezco de corazón el caluroso recibimiento que me ha dispensado desde el momento en que se hizo público mi nombramiento y que hoy se ha manifestado en esta entrañable celebración. Sé que no es a mí, sino al Señor a quien quieren recibir (…) me han mostrado que la diócesis de Coria-Cáceres es una Iglesia evangelizadora, viva, transparente, solidaria con los más necesitados, atenta a los más vulnerables, comprometida con el bien común… El Sínodo diocesano celebrado en los últimos años ha renovado el compromiso cristiano y rejuvenecido la fe.

También agradezco a los sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos sus numerosas muestras de acogida. Mi deseo es que podamos formar una verdadera familia entre todos, partícipe de la misión de la Iglesia

Uno de los momentos más emotivos de la celebración fue cuando se refirió a sus padres, que seguían la celebración en TRECE Televisión: «mis padres Vicente y Victoria en el Asilo de las Hermanitas de los Pobres de Talavera. Ellos consiguieron hacer de nuestra casa un pedacito de cielo en la tierra donde mis hermanos y yo experimentamos un amor gratuito de predilección por cada uno de nosotros: todos éramos iguales y cada uno era especial. Y nos dieron así alas para lanzarnos al mundo y superar las dificultades con confianza».

Pulido Arriero estuvo acompañado por numerosas autoridades civiles y militares de la zona, así como de una treintena de obispos entre los que ha destacado la presencia del secretario y portavoz de la Conferencia Episcopal Española, D. Luis ArgüelloD. Celso Morga Iruzubieta, arzobispo de Mérida Badajoz, D. Francisco Cerro Chaves Arzobispo de Toledo, precisamente su antecesor como obispo de Coria-Cáceres. Albacete, Ávila, Barbastro, Córdoba, Cuenca, Getafe, Guadix, Madrid, Oviedo, Plasencia (el administrador Apostólico D. Ciriaco Benavente, también antiguo obispo de Coria-Cáceres), Salamanca, Segovia, Sevilla, el auxiliar de Toledo y el emérito de la misma, Tui-Vigo, Valladolid, Zamora, y los cardenales Aquilino Bocos Merino, Antonio María Rouco Varela (emérito) y Antonio Cañizares Llovera, arzobispo de Valencia. También el prelado de Portalegre- Castelo Branco, Don Antonio Eugenio Fernandes Dias y de San Bernardino en California, Estadio Unidos, Don Rutilio J. Del Riego Jáñez. Por último, de Tarija en Bolivia, Don Francisco Javier Del Río Sendino.

Mañana, domingo 20 de febrero, el nuevo obispo oficiará la misa estacional en la ciudad de Cáceres, en la Concatedral de Santa María, a las 18:30 h. Se podrá seguir a nivel nacional a través de tusemanasanta.com

Esta tarde el prelado visitará la Ermita de la Virgen de Argeme en Coria y en la mañana del domingo estará en el Santuario de Ntra. Señora de la Montaña en Cáceres.

Precisamente, al final de su alución se refirió al patrón y a la Virgen en las advocaciones de Argeme y la Montaña: «Me acojo a la intercesión de nuestro patrono San Pedro de Alcántara. Él fue un reformador de la vida de la Iglesia, que supo conjugar la oración y la pobreza evangélica. Que su ejemplo nos ayude a todos para que la fe viva nos haga cada vez más solidarios y solícitos con los pobres y necesitados. A Santa María, Reina de los Apóstoles, bajo las advocaciones de Nuestra Señora de Argeme y Nuestra Señora de la Montaña, encomiendo mi ministerio».

ALOCUCIÓN DEL ADMINISTRADOR DIOCESANO

D. DIEGO ZAMBRANO

Sr. Nuncio de su santidad en España; señores cardenales, arzobispos y obispos; sacerdotes de la diócesis, y de otras diócesis que nos acompañan; miembros de la vida consagrada y fieles laicos, también los que nos siguen por los medios de comunicación social, mi saludo más cordial.

Saludo con respeto y agradezco su presencia a la Presidenta de la Asamblea de Extremadura, al Subdelegado del Gobierno en Cáceres, a la Presidenta del Tribunal Superior de Justicia de Extremadura, al Presidente de la Diputación de Cáceres, a los señores Alcaldes de Coria y Cáceres, y a las demás autoridades civiles, militares, judiciales y académicas.

Sean todos bienvenidos a esta solemne celebración.

La diócesis de Coria-Cáceres, que peregrina en Extremadura, se goza al recibir a su nuevo obispo y pastor, que hará el número ciento diecinueve de los sucesores de los apóstoles en esta milenaria Iglesia particular. Damos gracias a Dios que «no abandona nunca a su rebaño, sino que lo custodia y lo protege mediante aquellos que, en virtud de su participación en su vida y misión […] son constituidos como vicarios y embajadores suyos» (San Juan Pablo II, Pastores gregis, 6).

Querido don Jesús, con inmensa alegría le recibimos: «¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Mt 21, 9).

En primer lugar, quiero saludar a su familia, especialmente a sus padres, Vicente y Victoria, que nos siguen a través de los medios de comunicación desde la Residencia de las Hermanitas de los Pobres en Talavera de la Reina. Nuestra vocación sacerdotal es un don que supera infinitamente al hombre y, ante la grandeza de este don, sentimos qué indignos somos de este misterio. Dios ha querido hacer partícipes de nuestra vocación a nuestros padres y, por eso, con esta oración y recuerdo pedimos que el Señor les pague tanta generosidad.

Saludo también a su otra familia: la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús, donde ha vivido su ministerio sacerdotal gustando la gracia de la fraternidad: «¡Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos!» (Sal 133, 1) El pasado 8 de noviembre, en esta misma S. I. Catedral, hemos celebrado la Santa Misa en acción de gracias por la beatificación de Aquilino Pastor, el más joven de los treinta mártires de la Hermandad, natural de Zarza de Granadilla. A él y a sus compañeros, encomendamos su ministerio episcopal para que «a semejanza del Padre bueno vigile y custodie el rebaño del Señor», como reza la bula pontificia de su nombramiento.

Llega a una diócesis que le acoge con los brazos abiertos y el corazón bien dispuesto. Dios ha permitido que hayamos vivido este tiempo de pandemia en espera de un obispo. Si ya de por sí la situación era difícil, a esta porción del pueblo de Dios, se le pedía el coraje de vivirlo sin el aliento, la palabra y la guía de un pastor. Hemos experimentado que Dios no abandona nunca a su pueblo y que ha estado, y está con nosotros. Como el pueblo de Israel en el desierto tras la salida de Egipto, también nosotros, en esta travesía, nos preguntábamos, ¿está el Señor entre nosotros o no?, y con más fuerza que nunca resonaba en nuestro corazón: «sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20). Como dice san Pablo, «sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rom 8, 28).

Viene a una Iglesia, como sucesor de los apóstoles, después de otros buenos pastores que han servido a esta diócesis. Sus más inmediatos predecesores, don Francisco Cerro y don Ciriaco Benavente, han pastoreado a este pueblo con solicitud y entrega abnegada.

Viene a una Iglesia bendecida por el Señor, con sacerdotes, diáconos, laicos, miembros de la vida consagrada entregados plenamente a la misión evangelizadora. Cuente con nuestra comunión, disponibilidad y oración para seguir trabajando por una Iglesia sinodal, como nos invita el Santo Padre. Con usted queremos ser la Iglesia que vive la alegría del evangelio. «Llevamos este tesoro en vasijas de barro» (2Cor 4, 7) y esa es nuestra única fortaleza, para continuar con «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que evangelizar con lágrimas» (Francisco, EG 10).

Viene a una Iglesia, querido don Jesús, que se honra de tener como patrón a san Pedro de Alcántara cuando se cumple el IV centenario de su beatificación. A él confiamos su persona y su ministerio.

Que la Santísima Virgen María, bajo las advocaciones de Argeme y de la Montaña, interceda por nosotros ante su Hijo, para que «la debilidad del rebaño», que el Señor le ha confiado en el día de hoy, «llegue hasta donde le ha precedido la fortaleza del Pastor» (or. colecta IV Domingo de Pascua).

ALOCUCIÓN DE MONS. JESÚS PULIDO ARRIERO.

OBISPO DE CORIA-CÁCERES

Hasta no hace mucho, cuando el Obispo de Roma iniciaba su ministerio petrino, se quemaba un poco de lino y, al consumirse rápidamente y esparcirse las pavesas, se decía: Sic transit gloria mundi.

Consciente de que soy polvo y nada, en este día, en que con gozo comienza mi ministerio episcopal en esta hermosa catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Coria, vestida de gala y de fiesta, tengo muy presente que este templo también está dispuesto desde ahora para recoger, vestido de luto, mis restos en espera de la resurrección futura –y los sepulcros episcopales así lo recuerdan–. Pero para el tiempo que media hasta que llegue ese día final, he recibido hoy las insignias del Buen Pastor para entregar día a día la vida buscando a las ovejas perdidas y curando a las heridas. El báculo no es cetro de poder ni bastón de mando, sino apoyo y sostén cuando uno se siente débil y cansado; el anillo es signo permanente de una vida ofrecida en alianza para siempre; la mitra no es corona de gloria, sino testimonio de que, por encima de nosotros pecadores, es Cristo mismo quien santifica y predica el evangelio; la cruz pectoral indica que este ministerio es una participación en la pasión de Cristo por la salvación del mundo entero; el fajín y el cíngulo me recuerdan que estamos ceñidos para servir y fajados para no recusar la labor. Que Dios me ayude para que nunca convierta en vanidad lo que es signo de entrega y servicio.

El Señor ha encargado a su Iglesia el ministerio de reconciliación (2 Cor 5, 18). La reconciliación es otro nombre de la salvación, no desgastado por el tiempo. “Tengo otras ovejas, dice el Señor, que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor” (Jn 10,16). Cristo, mediante el sacrificio pascual, derribó, en su cuerpo de carne, el muro de la enemistad que tenía separados a los dos pueblos (cf. Ef 2, 14ss) y puso en paz todas las cosas, las del cielo y las de la tierra (cf. Col 1, 20). Por eso, no son ajenas entre sí la íntima unión con Dios y la unidad de todo el género humano (LG 1): de ambas la Iglesia, formada por personas de todo pueblo, lengua y nación, es prenda y sacramento, signo e instrumento. La palabra de la reconciliación nos asegura que la alegría del cielo se experimenta aquí en la tierra bajo especie de perdón y misericordia. Es la alegría de quien encuentra la oveja perdida y la lleva sobre sus hombros, la alegría de ayudarnos unos a otros para llegar al cielo. Decía el Beato Manuel Domingo y Sol: “Nuestra vocación es cierta: No estamos destinados a salvarnos solos”, cada uno por su cuenta, sino como pueblo, un pueblo que quiere caminar junto, entre nosotros y con toda la humanidad.

Caminar juntos, la sinodalidad a la que el Papa Francisco nos convoca, no es simplemente una nota o propiedad de la Iglesia, sino que expresa su naturaleza, su definición, su forma, su estilo: la Iglesia es camino, camino de salvación, y caminar juntos quiere decir contar con todos, no dejar a nadie atrás, al borde del camino, excluido, descartado.

Este tiempo de pandemia nos ha hecho descubrir la importancia de la cultura del cuidado frente a la cultura de la indiferencia. El coronavirus no es una enfermedad individual sino colectiva; es el género humano el que lo ha contraído, el que está enfermo, y, mientras no se cure todo el cuerpo, hay riesgo de recaídas. Somos responsables los unos de otros. Otras enfermedades de la humanidad tratamos de circunscribirlas a un lugar concreto cerrando fronteras para que no se diseminen: la pobreza, la guerra, la incultura, el hambre, el subdesarrollo, la corrupción… Pero también en estos casos, cuando un miembro está enfermo, todo el cuerpo sufre (cf. 1 Cor 12, 16).

Hoy entro a formar parte con alegría de esta querida diócesis de Coria-Cáceres. Agradezco de corazón el caluroso recibimiento que me ha dispensado desde el momento en que se hizo público mi nombramiento y que hoy se ha puesto de manifiesto en esta entrañable celebración. Sé que no es a mí, sino al Señor a quien quieren recibir. En su nombre me presento con el saludo de la paz y el mensaje de la reconciliación.

Agradezco con admiración la labor realizada por los obispos anteriores –aquí presentes, D. Ciriaco Benavente y D. Francisco Cerro–, verdaderos guías y ejemplo para mí. D. Diego Zambrano, junto al colegio de consultores, ha continuado su tarea durante estos últimos años marcados por la pandemia, con un singular sentido de Iglesia y de comunión. Ellos, juntamente con el muy ilustre cabildo catedralicio, me han mostrado que la diócesis de Coria-Cáceres es una Iglesia evangelizadora, viva, transparente, solidaria con los más necesitados, comprometida con el bien común… El Sínodo diocesano celebrado en los últimos años ha rejuvenecido su fe y ha renovado su compromiso cristiano para anunciar la Buena Nueva y construir el proyecto humanizador del Reino de Dios en la sociedad en la que vivimos.

También agradezco a los sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos sus numerosas muestras de afecto. Mi deseo es que podamos formar entre todos una verdadera familia, partícipe de la misión de la Iglesia. Que, con lazos de íntima fraternidad sacramental entre los sacerdotes, nos ayudemos mutuamente en el ejercicio del ministerio y en la santificación personal. Que la vida consagrada, también esencial para la Iglesia, siga aportando la variedad y riqueza de sus dones y carismas, testimonio de la fecundidad del Espíritu entre nosotros. Y, sin duda, esta es la hora de los laicos, comprometidos en el mundo de la cultura, de la política, de la economía… Con ellos la Iglesia sale al encuentro de todos, sin juzgar, sin condenar, tendiendo la mano, para compartir la vida, las alegrías y tristezas, y llevar el Evangelio a todos los ambientes. Especialmente, las familias, protagonistas en este año dedicado a ellas, son la primera célula de la sociedad y de la Iglesia y, como tales, están llamadas a la transmisión de la vida y también de la fe de generación en generación. En este gran cuerpo de la diócesis, el corazón es el Seminario: es responsabilidad de todos que siga aportando savia nueva a nuestras parroquias y comunidades.

Agradezco al Nuncio de Su Santidad, que haya aceptado presidir esta celebración. Él hace presente entre nosotros al Sucesor de Pedro, principio de unidad y de comunión en la Iglesia. A través de usted queremos hacer llegar nuestra profunda gratitud al Santo Padre por su solicitud pastoral y su magisterio, que va por delante y nos indica el camino a recorrer juntos.

Mi agradecimiento se extiende a los arzobispos ordenantes y, con ellos, a los señores Cardenales, Arzobispos y Obispos aquí presentes, a cuyo servicio directo he dedicado estos últimos años en la Conferencia episcopal. Les agradezco la confianza con que me han honrado, que me ha ayudado a crecer aprendiendo de ellos. Saludo también a los representantes de las diversas confesiones cristianas.

Saludo a la Hermandad de Sacerdotes Operarios, representada aquí por el director general y un buen grupo de hermanos operarios. La Hermandad es mi familia espiritual: me ha ofrecido un camino de santificación en fraternidad al servicio de las vocaciones.

Saludo a los sacerdotes venidos de otras diócesis vecinas o lejanas, de esta provincia eclesiástica y de toda España, a los directores y personal de la Conferencia episcopal, a los compañeros de las editoriales, BAC, Edice y Libros litúrgicos, a los familiares y vecinos de mi pueblo, Santa Ana de Pusa, junro con el Sr. Alcalde y la corporación municipal, a todos los amigos de Talavera de la Reina, de Toledo, Salamanca, Roma… que han hecho el esfuerzo de acompañarnos en este día tan significativo. Les agradezco de todo corazón su presencia y su apoyo. Los amigos son un reflejo del cariño del Señor, de su consuelo, de su providencia y cercanía.

Agradezco a los medios de comunicación locales y nacionales que se hayan hecho eco de este momento de nuestra Iglesia particular con esmero y profesionalidad, y a todos los ciudadanos, el interés que han mostrado en la marcha de la diócesis. Mi saludo va a cuantos, en estos momentos, nos siguen por la Trece TV y Radio Santa María. Entre ellos están mis padres: Vicente y Victoria en el Asilo de las Hermanitas de los Pobres de Talavera de la Reina. Siento su ausencia: ellos consiguieron hacer de nuestra casa un pedacito de cielo en la tierra, donde mis hermanos y yo experimentamos un amor gratuito de predilección: todos iguales y cada uno especial. Y nos dieron así alas para lanzarnos al mundo y afrontar las dificultades con confianza.

Doy gracias de todo corazón a las autoridades civiles, judiciales, académicas, militares y a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, que honran a la Diócesis de Coria-Cáceres con su presencia en esta celebración. Quisiera mencionar expresamente y dirigir un respetuoso saludo a la señora Presidenta de la Asamblea de Extremadura, a la señora Presidenta del Tribunal Superior de Justicia de Extremadura, a la señora Consejera de Cultura, Turismo y Deportes de la Junta de Extremadura, al señor Subdelegado de Gobierno en la provincia de Cáceres, al señor Presidente de la Diputación Provincial de Cáceres, al señor Alcalde de la ciudad de Coria, y señor alcalde de Cáceres. Cuenten con la colaboración leal y solícita de la Iglesia de Coria-Cáceres en la búsqueda del bien común, y en el cuidado de los más desfavorecidos, de los que viven solos, enfermos o carecen de recursos básicos. El proyecto humanizador del Reino de Dios comienza en esta tierra con la defensa de la dignidad de la persona y la práctica de la fraternidad universal y la amistad social.

Finalmente, quiero dar las gracias a todos los que han hecho posible esta bella celebración litúrgica: a los scouts que han acogido amablemente y organizado a los participantes, a los maestros de ceremonia y sus ayudantes que han conducido con acierto su desarrollo, a la coral Cauriense y al coro Impulso, con sus profundas y hermosas intervenciones, y a todas las personas que sin que se note han contribuido a esta fiesta de la Iglesia diocesana. Así como a la colaboración del ayuntamiento de Coria, a la policía local, a la guardia civil, cruz roja y protección civil.

Me acojo a la intercesión de nuestro patrono San Pedro de Alcántara. Él fue un reformador de la vida de la Iglesia, que supo conjugar la oración y la pobreza evangélica. Que su ejemplo nos estimule a todos para que el compromiso cristiano nos haga cada vez más solidarios y atentos a los pobres y necesitados. Me acojo a la intercesión del Beato Manuel Domingo y Sol y de los operarios mártires, especialmente al Beato Aquilino Pastor Cambero, oriundo de esta diócesis, recientemente beatificado. A Santa María, Reina de los Apóstoles, bajo las advocaciones de Nuestra Señora de Argeme y Nuestra Señora de la Montaña, encomiendo mi ministerio. Muchas gracias a todos.

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