La Carmelita Descalza Isabel de la Trinidad Santa

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Siete nuevos santos han sido proclamados el pasado domingo 16 de octubre. Siete nuevas muestras de que la santidad es posible en todos los caminos de vida cristiana: como sacerdote el argentino José Gabriel Brochero, como religiosa contemplativa y mística Isabel de la Trinidad, como modelo de firmeza en contexto de persecución religiosa el niño mexicano José Sánchez del Río y el hermano de la Salle Salomon Lecclerq, como fundadores y siempre atentos a los pobres y a los jóvenes Lodovico Pavoni y Alfonso María Fusco, como pastor solícito y bueno el obispo español Manuel González García.

La nueva santa, Isabel de la Trinidad, nació en el campo militar de Avor, en Francia, primogénita del capitán Joseph Catez y de María Rolland. El padre de Isabel murió de repente cuando ella tenía siete años.

La pequeña «Sabeth», como la llamaban cariñosamente, tenía un temperamento muy vivaz. Después de la primera comunión en 1891, Isabel se volvió muy calma y tranquila, abierta a la relación con Dios y con el mundo. Cuando entró a formar parte del coro parroquial comenzó a hacer obras de caridad, como asistir a los enfermos y enseñar el Catecismo a los niños que trabajaban en las fábricas.

Siendo muy joven sintió la llamada a consagrarse totalmente a Dios en el Carmelo. A pesar de la fuerte oposición de su madre, el 2 de agosto de 1901 ingresó en el monasterio de las Carmelitas Descalzas de Dijón, a doscientos metros de su casa, tomando el nombre de Isabel de la Trinidad, ella decía: «Encuentro al Señor en todo lugar, tanto lavando la loza como cuando estoy recogida en la oración».

Isabel de la Trinidad murió a los veintiséis años, a consecuencia de la enfermedad de Addison, que a inicios del siglo XX no era curable todavía. Si bien su muerte era segura, Isabel nunca se desanimó, aceptó de buena gana aquello que – decía- era «un gran don». Sus últimas palabras fueron: «¡Voy al encuentro de la Luz, del Amor, de la Vida!». San Juan Pablo II la beatificó en París el 25 de noviembre de 1984. Es patrona de los enfermos y de los huérfanos.

La Iglesia nos presenta a Santa Isabel de la Trinidad como un regalo de santidad para nuestro tiempo, una joven mujer, que vivió fascinada por el misterio de la Santísima Trinidad en su interior.

Esta mujer sencilla, que disfrutaba viviendo, nos enseña que lo que ella ha encontrado es lo que Dios está ofreciendo a todo ser humano, que con Dios tenemos la posibilidad de ser felices, de encontrar el cielo aquí en la tierra.

Santa Isabel de la Trinidad despierta en nosotros el gozo por la belleza de Dios que llevamos escondida en nuestra alma, y nos invita a cultivar una relación de amor con Dios, que da sentido y plenitud a la vida.

Sea cual sea la situación en la que nos podamos encontrar ahora -agobio, preocupación, sufrimiento, soledad, desesperanza…, es posible tratar con Dios cercano, amigo, Padre. En todo momento tenemos la oportunidad de vivir en Dios. La Trinidad Beatísima es el secreto de nuestra felicidad y ese secreto habita en nuestro interior.

Esta nueva santa, Carmelita Descalza, nos descubre el tesoro de Dios que llevamos dentro, que forma parte de nuestra identidad más profunda, y nos mueve a la alabanza y a la acción de gracias; a la alegría, a la paz y a la comunión. Cada día se nos regala la oportunidad de realizar esta experiencia, digna de los hijos e hijas de Dios.

Todos queremos ser felices, pero a menudo no vemos más que dificultades y nos desanimamos. Santa Isabel de la Trinidad, desde su juventud, nos invita a cambiar la mentalidad para ver, en todos los acontecimientos y circunstancias de nuestra vida, oportunidades, para ser felices, para ser santos; la razón, un Ser, que se llama Amor, habita en nosotros en cada momento del día y de la noche. Un Ser, que se llama Amor, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Isabel de la Trinidad, Santa, nos dice a cada uno: «Déjate amar por el Amor». Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Javier Romero Rodrìguez

Delegado diocesano de Pastoral de la Salud.

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