La Diócesis contará con un nuevo diácono permanente

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El próximo jueves, 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, a las 18:30 horas, en la Concatedral de Santa María en Cáceres, será ordenado diácono Jesús Pedro Rodríguez. Se unirá así al grupo de diáconos permanentes de la diócesis, cuyo número ascenderá entonces a 9.

Durante la ordenación, el diácono realiza las promesas de servicio y obediencia a la Iglesia y al Obispo, del rezo de la liturgia de las horas, el servicio de la palabra y la caridad.

Durante siglos el diaconado quedó relegado exclusivamente como paso previo al sacerdocio. Sin embargo, el Vaticano II retomó la importancia del diaconado, restableciéndolo en la Iglesia Latina «como un grado propio y permanente de la jerarquía» -LG 29. Siguiendo también el Directorio del Diaconado Permanente de la Diócesis, «los diáconos reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio. Así, confortados con la gracia sacramental, en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la Liturgia, de la Palabra y de la Caridad» -LG 29″.

Corresponde a los diáconos, entre otras cosas, asistir al obispo y a los presbíteros en la celebración de los divinos misterios sobre todo de la Eucaristía y en la distribución de la misma, asistir a la celebración del matrimonio y bendecirlo, proclamar el Evangelio y predicar, presidir las exequias y entregarse a los diversos servicios de la caridad (Catecismo de la Iglesia Católica, 1570).

Todo ello sin desatender su formación y sus obligaciones familiares ya que el diácono permanente puede ser un hombre casado, como es el caso de Jesús Pedro.

Precisamente, la esposa forma parte de esta vocación diaconal ya que debe dar su consentimiento. Además, como curiosidad, por fidelidad a su esposa, aunque enviudase, -Dios no lo quiera-, el diácono permanente no se vuelve a casar.

La institución y puesta en marcha en la Diócesis del proyecto para la formación y ordenación de diáconos permanentes procede de Mons. Ciriaco Benavente, ya emérito de Albacete y con Mons. Francisco Cerro, actual arzobispo de Toledo, tomó un fuerte impulso en nuestra diócesis en los años de su episcopado.

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