La tiranía de la apariencia y el consumismo

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Vivimos en una sociedad que nos juzga por la apariencia física, especialmente a las mujeres, cuando hay todo un discurso a favor de la libertad, el respeto, el rechazo a un canon normativo… Sin embargo, veladamente, se exige cumplir con unos cánones de belleza que muchas veces son irreales, inalcanzables o perjudiciales para nuestra salud. Se nos bombardea con imágenes de modelos, influencers y famosos que nos hacen sentir inferiores, insatisfechos e inseguros. Se vende la idea de que para ser felices tenemos que ser delgados, jóvenes, atractivos y exitosos, y que para lograrlo tenemos que consumir, comprar y gastar por encima de las posibilidades de muchas familias.

Esta obsesión por la apariencia y el consumo no nos hace más libres ni más felices, sino todo lo contrario. Nos hace esclavos de una tiranía que nos oprime, nos aliena y nos deshumaniza. Nos hace olvidar lo que realmente importa: nuestra dignidad, nuestra identidad, nuestra espiritualidad y también los valores y la misión que nos encargó Jesucristo: la construcción de su Reino, aquí, en la tierra.

Muchas personas sufren las consecuencias de esta tiranía de la apariencia y el consumismo. Hay estudios que demuestran que el culto al cuerpo y la presión social por encajar en unos estándares de belleza pueden provocar trastornos alimentarios, depresión, ansiedad, baja autoestima y problemas de salud mental. También hay datos que revelan que el endeudamiento, el sobreconsumo y la insatisfacción material pueden generar estrés, angustia, frustración y suicidios.

Frente a esta realidad, hay distintas opiniones sobre cómo afrontarla y cómo liberarnos de esta tiranía. Algunas personas abogan por el empoderamiento, la autoaceptación y la diversidad. Otras proponen el minimalismo y la sostenibilidad. Y otras personas apelan a la fe, la esperanza, el amor y la solidaridad. Todas estas opciones tienen algo en común: buscan recuperar el sentido de la vida, el valor de la persona y la trascendencia de la existencia.

Las personas creyentes tenemos una conciencia de que vamos a contracorriente en un mundo marcado por el consumismo. Llega el Adviento y los cristianos nos estamos preparando para la llegada del Salvador, entre anuncios de semanas de descuentos, compras mal llamadas ‘navideñas’ y demás gastos que a veces derivan en una situación económica difícil para las familias. Sabemos que el verdadero sentido de la Navidad no está en lo material, sino en lo espiritual. No está en lo que compramos, sino en lo que compartimos. No está en lo que tenemos, sino en lo que somos. Somos hijos e hijas de Dios, creados a su imagen y semejanza, llamados a vivir en su Amor y a manifestarlo al mundo. A trabajar por la construcción del Reino. Cada uno desde lo sencillo. Esa es nuestra verdadera belleza, nuestra verdadera libertad y nuestra verdadera felicidad.

Lorena Jorna

Editorial 3-12-2023

 

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