Mesa redonda de la vida consagrada de la Diócesis: El Papa nos pide a los religiosos que seamos testigos de la alegría

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Sor Inés Martín, de las RR. MM. Franciscanas de Coria.

La realidad de las monjas en el convento sorprende a quien la conoce. Lo asegura una religiosa contemplativa. Sorprende por la alegría que allí se respira. Es palpable la alegría de sor Inés, quien a pesar de los nervios, también puede bromear: «Nosotras fuimos condenadas a comer con el sudor de nuestra frente, no con el sudor del de enfrente«. El Espíritu la llevó a ser de vida contemplativa. «Yo no quería, yo soy melliza, mi hermana era la que quería y ahora está casada y con 4 hijos. Los caminos de Dios… ya se sabe».

No se puede comprender la realidad religiosa sin comprender que es don de Dios, asegura la religiosa. Quien pierde la vida la encuentra, quien renuncia al mundo lo conquista. La oración es la atmósfera en la que se desenvuelve el alma contemplativa. «Santa Teresa definió la oración, pero yo tengo otra. A mí me ha ayudado: Yo te diré que es la fortaleza del hombre y la debilidad de Dios, porque Dios ese hace débil ante el alma orante para que el alma quede impregnada de la fortaleza de Dios».

La oración rompe barreras y obstáculos, y ayuda a llegar a Dios, culmina sor Inés.

Sor Ana Teresa Franco Navarro. Hijas de la Caridad. San Vicente de Paúl. Cáceres

El objetivo de las religiosas es ser contemplativas en la acción, ser dadas a Dios para servirlo en el pobre. Jesús dijo: ‘En verdad os digo que lo que hacéis a unos míos más pequeños, a mí me lo hacéis’. «Estamos convencidas de que atender a los que más lo necesitan, nos lleva a servir a Jesús mismo» aclara.

«La vida consagrada está impregnada de ser de Dios en plenitud y tenemos que ser portadoras del evangelio, que dice el Papa Francisco, hacemos lo mismo que Jesús hizo en la tierra, el bien. Así deseamos vivir. Ser contemplativas en la acción«.

Sor Ana cuenta su vocación: «Tengo 55 años de vocación, dejé los estudios, la universidad porque el Señor me lo pedía, jamás me he arrepentido. Después retomé los estudios y me he reencontrado con mis compañeros, algunos casados. Y no me cambio por ninguno«.

Los retos actuales de la vida religiosa para ella son: «romper la globalización de la indiferencia y no permitir que nadie nos robe la alegría del evangelio y dar a conocer la alegría de Dios a los que nos inundan«.

Pasión en el ser, intensidad en el hacer, alma en el ser. «Vivir esta vida con generosa entrega por Dios y por los pobres, estamos llamadas a ser signos de la ternura de Dios, sólo así seremos testimonio de la presencia de Dios en el mundo«.

Hermana Magdalena Jiménez Martorell, Franciscanas Hijas de la Misericordia. ámbito rural y parroquial.

Su intervención parte del texto evangélico de Lucas 10, que narra el episodio de los 72 discípulos que Jesús envía de dos en dos, por delante, a donde pensaba ir él.

En la diócesis hay 18 comunidades religiosas que trabajan en el ámbito rural y parroquial.

El apostolado hoy día no es fácil, no es trabajo de grandes masas y muchos frutos; a veces hay que sacudirse el polvo de los zapatos y seguir caminando.

Anunciar la paz. En los pueblos y ciudades hay discordias, nuestras comunidades están llamadas a ser pacificadoras, empezando por ellas mismas. Para ello es importante saber perdonar. A veces la labor es poner paz en una persona sola, para que vuelva la paz a su corazón.

Compartir lo que tenemos con los demás. Nuestras comunidades son de inserción, vivimos en casas o en pisos, como las demás familias. Al compartir nuestras opciones nos enriquece mutuamente.

Curar a los enfermos. En los pueblos y en menor medida en las ciudades, hay mucha soledad que acompañar, tristezas, vacíos, injusticias, pobrezas, silencios, frialdad. Sabiendo que Otro me ha curado a mí es desde donde podemos curar.

Anunciar el Reino. Si no evangelizamos seriamos una ONG, necesarias, pero que son otra cosa. Nuestra misión es anunciar el Evangelio, como parte intrínseca de nuestro ser. Nuestra vida comunitaria debería ser el primer signo de ello.

Hna. Encarnación Barroso Cerro. Hna. De la Caridad del Sagrado Corazón.

El Estado debe garantizar el derecho a la Educación, pero la Iglesia también tiene esta misión. «Nosotras como religiosas recibimos nuestra misión evangelizadora de la Iglesia y lo hacemos en su nombre. La misión de los institutos religiosos es cumplir el programa de vida que trajo Jesús, su anuncio del Reino, su mensaje, su amor. Compartir con Cristo su vida, es compartir el modo de vida del Reino de los cielos«.

«Educar no es una profesión sino una actitud, una forma de ser, hay que salir de uno mismo y acompañar a niños y jóvenes estando a su lado en las diferentes etapas. Hay que ser testimonio con la vida de lo que se comunica. Un educador transmite valores, conocimientos, va a ser determinante si su vida va acompañada con coherencia. Sin coherencia es imposible educar«.

Nuestros colegios quieren ser lugar de encuentro, explica la hermana Encarna. «Nuestra tarea es formar, acompañar, ayudar a crecer como personas maduras, honestas, competentes. Que sepan vivir la vida como una respuesta a la vocación y la llamada de Dios y que sea un servicio a la sociedad. En este mundo cambiante debemos buscar nuevas formas de educación, acogiendo a jóvenes católicos y no católicos, los centros se convierten en un lugar diálogo, escucha, y espíritu de cooperación»

Se requiere el cultivo del espíritu. Intentan que en la oración, en las pequeñas cosas, encuentren a Dios en sus vidas: «que estén atentos a los pequeños signos de Dios en sus vidas, a través de los acontecimientos de nuestro tiempo. Ahí está Dios. A nosotros nos corresponde enseñarles a escuchar«.

El deber de un maestro cristiano es amar a sus estudiantes más difíciles, a los que nadie quiere. «Jesucristo nos diría, si sólo educáis a los estudiantes buenos ¿Qué mérito tenéis? Educar es un trabajo difícil. Sólo una personalidad madura y equilibrada puede asumirla. Ningún educador está solo. Cuenta con sus compañeros, con su comunidad«.

La enseñanza no sólo es un trabajo. Es una relación en la que cada maestro debe sentirse plenamente integrado como persona. Denles a los jóvenes esperanza, optimismo para afrontar camino en el mundo.

La tarea de educar, es realmente complicada y apasionante. «Ayudarles a tener un gran corazón con alma grande y grandes ideales. Hacer las pequeñas cosas de todos los días con un gran corazón abierto a Dios y a los demás. Propiciamos la participación en actividades que nos abran a los demás especialmente a los pobres y necesitados. Que deseen ser hombres por y para los demás. Que sean campeones en el servicio a los necesitados«.

Rafael Delgado.

Los institutos seculares son una forma de consagración, la última aprobada por la Iglesia, en el siglo XX. Sólo llevan 68 años. Cuando se fundaron los institutos, se produjo un gesto de coraje, dijo el Papa, porque hace falta coraje, para vivir en el mundo.

Se trata de un consagrado en medio del mundo. Es una persona que ha sentido en su corazón un deseo ardiente y vivo de vivir dos cosas a la vez: la total consagración a Dios, con los consejos evangélicos: pobreza, castidad y obediencia y, por otro lado, vivir en el mundo.

Los religiosos llevan una vida comunitaria, los miembros de institutos seculares pueden vivir con su familia. El instituto no tiene obras propias. Es necesario personas que estén en medio de las estructuras del mundo -empresas, hospitales… etc. Se borra toda distancia con el mundo. Muchas personas no tendrán relación con la iglesia pero pueden tenerlo en sus ambientes con un consagrado.

Todos tenemos en común el bautismo, por el que somos hijos de Dios, para nosotros la vida eterna ya ha comenzado con el bautismo.

Todas las vocaciones, todos los consagrados encontramos un modelo en la Virgen María, ella vivió en medio del mundo una vida ordinaria.

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