Mi viaje a Tierra Santa: La tierra prometida

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«Aquel día estableció Yahvé una alianza con Abram diciéndole: «A tu descendencia doy esta tierra, desde el torrente de Egipto hasta el gran río, el éufrates; […]».» -Gén. 15, 18

Este artículo no trata sobre un hombre, sobre un hecho o sobre un lugar concreto, sino que habla de un Dios hecho hombre, de lo que a él aconteció y de los lugares por los que pasó. Pero como en toda buena historia lo ideal es comenzar por el principio.

Hace tres semanas, durante las vacaciones de Navidades, recibo una llamada del Padre Fernando Alcázar. Lo primero que me pregunta es si podría echarle una mano durante lo que queda de curso para preparar la peregrinación a Tierra Santa que desde la Delegación de Infancia y Juventud se está organizando. Yo dije que si e inmediatamente el Padre Fernando me pregunta si tengo pasaporte, me quedo callado y él prosigue diciendo que lo iba a necesitar porque nos íbamos a Tierra Santa. Así, de esta manera tan sencilla me embarcaba en el que va a ser el viaje de mi vida, como reza en los carteles de dicha peregrinación.

Este viaje no es un viaje más, al menos no debe de serlo para aquellos que somos cristianos, este viaje es una peregrinación al origen de nuestras creencias, donde sin planteártelo vas a encontrarte con Dios. No quiero contaros lo que hemos hecho en estos nueve días, sino lo que hemos vivido. Nada más poner un pie fuera del aeropuerto te das cuenta de que ya no estás en España y ni siquiera en occidente. Las carreteras, los edificios, las personas son distintas, pero todas estas diferencias se desvanecen cuando el primer día de estar allí visitas Nazaret, el lugar de la anunciación, y a la hora del ángelus todos nos ponemos a rezar: «El ángel del Señor anunció a María…». Es indescriptible lo que se puede llegar a sentir. Esta sensación se hace cada vez mayor a medida que sigues visitando distintos sitios como el Primado de Pedro donde Jesús se aparece de nuevo a los discípulos y le pregunta a Pedro si de verdad le ama, y es entonces, celebrando la eucaristía y mirando el lago de Tiberiades cuando te das cuenta de la importancia de esa pregunta y como Pedro dices: «Señor tu sabes que te quiero». Porque la particularidad de esta peregrinación es que tú te haces participe del evangelio, parte de los textos bíblicos. Y a pesar del aire que pueda hacer cuando estas en el monte Tabor eres capaz de decir: «Hagamos tres tiendas», porque te encuentras a gusto en el Señor.

Nosotros hemos tenido el privilegio, o al menos yo lo veo así, de haber podido celebrar el día del bautismo del Señor a los pies del río Jordán, y haber renovado las promesas de nuestro bautismo sintiendo como Juan Bautista bautizaba a Jesús y una paloma se posaba sobre él diciendo: «Tú eres mi hijo, el amado, el predilecto». Por la fecha en la que hemos realizado esta peregrinación otro de los lugares que adquiere un encanto especial es Belén. Poder bajar a la gruta y como los pastores aquella noche del 25 de diciembre de hace ya dos mil años postrarte ante el misterio y adorarle, es, como ya he dicho anteriormente, indescriptible. Pero el culmen de esta peregrinación es sin duda Jerusalén, la ciudad eterna. Destruida y reconstruida al menos cincuenta y ocho veces se erige alta y esbelta demostrando su grandiosidad. Es en este lugar en el que sin duda, y en boca de todos los que hemos peregrinado, hemos vivido el momento más bonito al poder celebrar la eucaristía dentro del Santo Sepulcro. Es especial porque no todos los peregrinos tienen ese privilegio y porque cuando estás celebrando la eucaristía eres capaz de sentir la presencia de Cristo muerto y resucitado.

Jerusalén no se puede describir por lugares separados y sin relación alguna entre ellos, sino que hay que hacerlo como una cadena de acontecimientos. Desde el cenáculo en el que tú eres parte de esa primera eucaristía; «Tomando el pan lo bendijo y se lo dio a sus discípulos diciendo…»; hasta el Gólgota, donde postrado a los pies de la cruz, como hizo su madre, miras a Jesús crucificado. Pasando sin duda por Getsemaní lugar en el que si escuchas con atención aún resuenan esas palabras de dolor: «Padre, si es posible, aparta de mi este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya».

Esto es lo que he vivido y como apóstol venido de Jerusalén es lo que yo os trasmito a vosotros.

Si lo queréis vivir vosotros tendréis la oportunidad del 21 al 28 de julio de 2014.

Más Información: dedinju@hotmail.com

Fernando Pérez Campillejo, Joven Formacionista.

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