“La muerte de nuestra hija nos confrontó con la verdad de la fragilidad del ser humano”

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Alejandro y Mamen son un matrimonio que llevan casados 37 años, tienen cuatro hijos,  y una de ellas está en el cielo. Su nombre es Ángela.

Una familia llena de amor en la dificultad de la muerte prematura de un ser querido. Por encima de la enfermedad, del duelo y la muerte, se sobrepone la esperanza y la superación ante las dificultades del día a día. Ellos, por encima de todo, se sienten privilegiados por sentirse hijos de Dios.

La Pascua del Enfermo se celebra este domingo 22 de mayo y hemos querido contar su historia de fe.

«Acompañar en el sufrimiento» es el lema elegido por el departamento de Pastoral de la Salud para esta Jornada instituida hace 30 años por san Juan Pablo II para sensibilizar sobre la necesidad de asistir a los enfermos y a quienes los cuidan.

El papa Francisco, en su mensaje, recuerda con agradecimiento que en este tiempo se ha avanzado bastante, pero, puntualiza, «todavía queda mucho camino por recorrer para garantizar a todas las personas enfermas, principalmente en los lugares y en las situaciones de mayor pobreza y exclusión, la atención sanitaria que necesitan, así como el acompañamiento pastoral para que puedan vivir el tiempo de la enfermedad unidos a Cristo crucificado y resucitado».

Alejandro y Mamen viven cada día como un verdadero regalo. Al contrario de lo que pueda parecer no transmiten tristeza. La alegría y la generosidad hacia los demás hacen que sean presencia de Dios. Firmes defensores de la vida, colaboran en la delegación de familia y vida y siempre tienen una sonrisa.

-¿Cómo afrontasteis la muerte de vuestra hija? ¿Qué pasó?

Como bien has dicho somos padres de 4 hijos y a nuestra hija Ángela el Señor la llamó siendo niña, con 2 años. Todo hijo es siempre un regalo y Ángela para nosotros además era nuestro primer regalo, la mayor de nuestros hijos. Una niña sana, feliz, preciosa, alegre, que como otros muchos niños enfermó, algo banal, sin importancia, que se fue complicando y se agravó en horas a pesar de todos los esfuerzos médicos. Esta experiencia tan fuerte que vivimos nos confrontó con la verdad de la fragilidad del ser humano. El día a día, el mundo que nos rodea nos hace creer el espejismo de que somos nosotros quienes dirigimos y controlamos nuestra existencia, que la vida nos pertenece. La enfermedad y la muerte de nuestra hija nos puso ante la verdad de lo que somos.

-¿Qué cambios supuso para vuestro matrimonio y vuestra familia?

Todo cambia. En lo externo, la ausencia, el vacío, el silencio… cambia cada detalle del día; pero también te cambia en lo profundo. Por ejemplo, a nosotros nos hizo muy consciente de la fugacidad de la vida presente y nos llevó a plantearnos la solidez de nuestra fe. Si cada domingo proclamábamos en el Credo que creíamos en la resurrección y en la vida eterna, ahora llegaba el momento de vivirlo. Y así experimentamos que la fe no es un parche para ir tirando, ni una muleta, a modo de salvavidas cuando a uno le tiembla el suelo a sus pies. ¡Nada más lejos! La fe iluminó la oscuridad del misterio de la muerte y el sufrimiento allí donde la razón no veía y dirigió nuestra mirada a la verdad de nuestro destino, que no es ni más ni menos que el cielo. ¡Impresionante, verdad! La fe apunta a la eternidad, pero nos apegamos tanto a las cosas que nos rodean y se habla tan poco del cielo que hasta podemos olvidar a qué estamos llamados. Eso nos ayudó a reorganizar nuestra vida. Como suele decirse: ”si un camino no me lleva a donde quiero ir, tengo que cambiar de camino”.

En nuestro entorno también hubo cambios: amigos alejados de la Iglesia, comenzaron a ir; otros comenzaron a hacerse preguntas (preguntas tan importantes como, por ejemplo, el sentido de su vida, etc )

-¿Os sentisteis acompañados entonces?

Más que acompañados nos sentimos consolados. Nuestra familia, amigos, hermanos de fe, etc estuvieron siempre a nuestro lado, pero el consuelo profundo del corazón, esa paz inexplicable en medio del dolor fue un regalo de Dios. Entonces entendimos por qué el Espíritu Santo es llamado el “que consuela”.

También como esposos abrimos nuestro corazón el uno al otro para compartir nuestra tristeza (eso fue lo que nos prometimos el día de nuestra boda, “en las alegrías y en las penas”) y no nos cerramos en el dolor y el silencio. Cuántas veces los esposos ante el sufrimiento crean un muro, se bloquean y se distancian, olvidando que son la mejor ayuda el uno para el otro.

-¿Cómo se acompaña en el sufrimiento?

El sufrimiento se acompaña con esperanza y humildad. Con esperanza redirigiendo la mirada, para mirar alto y no olvidar  que nuestra meta es el cielo y con humildad porque estamos ante un misterio, el misterio de la enfermedad, del dolor y la muerte. Una de las tentaciones más grandes del hombre es enmendarle la plana a Dios, la vieja tentación, » seréis como dioses», nos gustaría decirle a Dios en cada momento lo que debe hacer, lo que conviene, » ahora es muy pronto», » ahora es muy tarde», » esto es demasiado fuerte» …

¡Qué sabemos nosotros, conocemos tan poco! ¡Dios sabe más, puede más y lo hace muchísimo mejor!

-¿Se puede encontrar sentido después de una situación así?

SÍ, con mayúsculas. Y es que en lugar de preguntarse “por qué” (“por qué me ha pasado esto a mí”), se trata más bien de preguntarse “para qué”. Nosotros somos testigos de que se pueden experimentar frutos de vida en medio de una circunstancia de muerte, podemos hablar de lo que hemos vivido. La cruz no se enfrenta, ni se afronta, sino que se ABRAZA y entonces da  fruto.  Además, cada dolor o sufrimiento por pequeño o grande que sea, si lo unimos al de Cristo no solo tiene sentido, sino que tiene valor. ¡Y esto es tremendo! Sabemos que Dios es bueno en todos sus caminos;  que Jesús siempre nos precede y acompaña, también en la enfermedad y la muerte. No estamos solos, somos suyos. Es tiempo de Pascua ¡Él ha vencido a la muerte, ha resucitado, Aleluya! y la muerte ya no tiene la última palabra sobre nosotros. ¡Bendita noticia!

Sois unas personas que trasmitís felicidad ¿Cómo podéis vivir con esa alegría?

Saber cuál es nuestro destino, que estamos invitados a vivir en la presencia de Dios, en esa plenitud de verlo cara a cara, en esa plenitud de comunión con Él de la que brotará nuestra comunión con todos (la comunión de los santos), que nuestros cuerpos resucitarán… ¡Cómo para no saltar de alegría! ¡Qué grandes cosas nos tiene preparadas nuestro Padre! Este creer se asentó en nuestro corazón, por la misericordia de Dios, y junto al dolor, teníamos ese gozo sereno que da la certeza de que nuestra hija estaba ya con Él en el cielo (que en el fondo debería ser la mira más importante de los padres, porque nuestros hijos están hechos para el cielo, no son nuestros, son de Dios y para Dios) y que allí estaba esperándonos y apuntándonos el camino.

 

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