Unción
Teodolinda es la mamá de Gloria, una religiosa de una congregación de Oblatas, con fundación en Canadá. Actualmente vive con su hija en el conventito que está frente a la casa parroquial. En este convento nos quedamos la anterior vez que vinimos hace doce años a Chincha. También se aloja aquí, además de dos religiosas más -María, en silla de ruedas, y Teresa-, un hermano de Gloria con toda su familia, mientras terminan de arreglar su casa, que se les quemó hace pocos meses por culpa de un cortocircuito.
A los pocos días de llegar a estas tierras, tuvimos la dicha de estar en el noventa cumpleaños de Teodolinda. Lo celebró en lo que fue su casa, convertida tras el terremoto del 2007 en una zona para fiestas y encuentros, con espacio para estacionar vehículos y un techado hecho de cañas y bambú donde colocaron las mesas para la celebración. Cada uno de sus nueve hijos e hijas, con sus respectivos nietos y bisnietos, trajeron diversos platos típicos para compartir: carapulcra, sopaseca, picante de res, pollo asado, yuca sancochada… Tras la comida, una sobremesa a base de cantos de karaoke.
Tanta fiesta y el fresquillo de la tarde hizo que la nonagenaria cogiese un poquito de frío, enfermándose. Llevaba ya varios días enferma cuando su hija religiosa nos pidió que si podíamos acercarnos a darle la unción de enfermos. Fuimos. Estaba tan encogidita en la cama que pensé que no tenía piernas. Le dimos la unción y la comunión.
A los dos días Gloria nos dice que ya está mucho mejor. Aquella tarde, tras la unción, durmió casi cuatro horas seguidas y, cuando despertó, pidió de comer y decía que habían venido dos ángeles a visitarla que la habían curado. “Me sentía seca por dentro, pero ahora estoy viva”. Por la noche no durmió, la siesta había sido larga y ya no tenía sueño, pero se encontraba muy bien.
Hoy hemos ido de nuevo a su casa, esta vez para comer con toda la familia, y le hemos vuelto a llevar la comunión. Dice que aún no quiere salir fuera porque hace frío y no quiere ponerse malita, pero ya estaba sentadita en su sillón y más feliz que unas castañuelas.
No somos ángeles, ciertamente, pero qué alegría produce corroborar una vez más, como tantas veces he contado en las “historias del capellán”, que el sacramento de la Unción realmente reconforta, sana y da vida al creyente que confía en Dios, su salvador.


