Ahí no más
La visita, culpa mía, a Mikela, mi apadrinada, se ha prolongado en exceso, faltan 15 minutos para las 6 de la tarde y a las 7 hay que estar en la parroquia para la misa. Nos quedan, según lo programado, dos visitas aún más que hacer. Es ya de noche. Ramón, el responsable de becas, contacta con la siguiente familia, pero no sabe exactamente dónde cae su casa, damos varias vueltas con el coche buscándola, el tiempo pasa, la mujer ya nos está esperando fuera, pero nosotros no aparecemos, nos envía su ubicación por whatsapp, el navegador no nos aclara bien el camino, terminamos conduciendo por la panamericana en dirección opuesta a nuestro destino y con un tráfico infernal. Finalmente conseguimos dar la vuelta, pero se ha hecho demasiado tarde y ya no podemos girar de nuevo hacia donde, se supone, está la casa a visitar. Decidimos entonces que, por falta de tiempo, es mejor dirigirnos a ver al último de los niños del día, que está “ahí no más”.
“Ahí no más” es una expresión muy usada en Perú y por Ramón aún más. Me indica que salga de la carretera hacia la derecha, de nuevo, “ahí no más”. Y tras media hora conduciendo por la ciudad y cuarenta “ahí no más” seguidos en cada uno de los giros, al fin llegamos a la casa. Hemos pasado de la barriada de Sunampe, en una punta de la ciudad, a Pueblo Nuevo, una población distinta y en la parte opuesta a donde nos encontrábamos. Menos mal que la casa estaba “ahí no más”.
Aunque apurados por el tiempo, no podemos menos que dedicarle un rato a Alejandro, un niño alto y fuerte que cursa 6º grado. Debe salirse a su padre, pues su madre es bastante bajita. Su casa, de nuevo, nos sorprende. Está en la parte trasera de una más noble. Llegamos a ella a través de un estrecho y largo corredor iluminado con farolas led sacadas del alumbrado exterior. La casa está formada por cuatro paredes de fina madera. Calculo que sus dimensiones puedan ser como máximo 6 por 6 metros. Está iluminada con una sola bombilla led que cuelga de un cordón en el techo. En el centro, una pequeña mesa y algunos taburetes. Junto a las paredes, empezando por la derecha, una especie de encimera corrida que continúa en la pared de enfrente y compuesta en parte de varias mesas. Sobre la misma, en forma de pequeños ambientes, nos encontramos una sección con un calendario, cartel, juguetes y otros enseres; a continuación, los recuerdos de la graduación de infantil de Alejandro y de su hermanita pequeña, junto a otras fotografías y una biblia abierta; siguen estantes con libros y, ya girando, en la pared de enfrente, el ordenador con el que siguió las clases durante la pandemia, al lado, la conexión de fibra a internet y una televisión. Contra la pared de la izquierda, tras unas colchas colgadas del techo a modo de cortinas que las ocultan, están las tres camas donde duermes los niños y sus padres, corridas, sin intimidad. La cocina, nos indica la madre, está fuera. El suelo, de tierra prensada. Con todo, la familia nos enseña con orgullo cada uno de los rincones y agradece nuestra visita. Su padre, que trabaja en una granja de gallinas, no ha podido llegar a tiempo para podernos acompañar.
Al despedirnos, nos obsequian con una “mazamorra”, especie de gelatina hecha con maíz morado cocido, al igual que hacen la bebida que llaman “chicha morada”, espesada con harina de maíz. Pensamos que es mermelada para untar en el pan, pero la vivaracha hermana pequeña nos insiste que se come con cuchara. Está rica.
La pobreza no hace que la persona sea menos. De hecho, de lo poco que se posee, se puede bien presumir, cuando se ha ganado con sudor, esfuerzo y dignidad.


