Navidad sin envoltorio

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El Sr. Obispo, en la misa pontifical del día de Navidad en la catedral, invitaba a que la celebráramos sin envoltorio. Puede que al recibir un regalo se le dé más importancia al envoltorio que al regalo en sí; sólo un niño, con el afán de saber lo que hay dentro, no se fija tanto en lo externo, ó el santo, que por respeto a quien da el obsequio, le valora más lo interno.

Los cristianos, cuando llegan estos días, a veces los celebramos, dándoles más importancia a las múltiples capas con que envolvemos el don de la Navidad: Dios, que ha venido a convivir con nosotros para salvarnos. Hemos montado todo un negocio en torno a estos días para hacer unas fiestas consumistas; la sociedad hoy, quiere a toda costa, que vivamos un mundo lleno de alegría, de amor, de justicia, de paz, que resulta muchas veces ficticio, porque, a la hora de la verdad, las relaciones entre las personas tienen mucho que desear. Por ello, insistía don Francisco, hay que olvidar todo lo que rodea a la Navidad y quedarse con el misterio: Dios, que «ha puesto su tienda entre nosotros» para hacer que en esta sociedad convivamos mejor los unos con los otros y se haga más social, más humana y más justa.

Las claves para celebrar mejor la Navidad que don Francisco proponía son: primera, tenemos que hacernos como este Niño, Jesús; segunda, saber compartir como este Niño y, tercera, ser como él: humano y divino. Algunos sólo lo ven como muy humano, pero olvidan que también es Dios; otros, sin embargo, lo ven muy divino y olvidan la parte de humanidad. Nos toca ser personas muy cercanas a los problemas del otro y tener una humanidad muy grande para comprender al que tenemos a nuestro lado y, a la vez, saber reconocer lo que tenemos en nosotros, por la gracia de Dios, para poder entrar en el Reino de los cielos.

Este día solemne de la Navidad, con la Catedral toda hermosa y preparada para el acontecimiento, la Coral Cauriense, entonando la alabanza al Señor con sus melodías, hacía posible que nos acercáramos más al gran Misterio. No era un envoltorio más que tuviéramos que deshacer y tirar a la papelera, sino el canto de alabanza que tributamos al Señor, a los acordes de una melodía y que nos acercan más a la Navidad.

Román Fernández Martín

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