Peregrinación a Roma de las parroquias de Carbajo Membrío y Salorino

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Como lo prometido se cumple y Dios quiso que así fuera, las Parroquias de El Salvador de Carbajo, Nuestra Señora de Gracia de Membrío y San Ildefonso de Salorino salieron la madrugada del 15 de abril hacia Roma para confirmar su Fe ante Pedro. A pesar de las altas horas de la partida y el cansancio del viaje, llegamos a la Ciudad Eterna en la mañana temprano con toda nuestra ilusión y alegría, dispuestos a vivir unos días intensos en todos los sentidos. Roma es la Cabeza del Mundo, la Cátedra del Santo Padre, la Ciudad más Santa para los cristianos después de Jerusalem y así pudimos sentirlo todos desde el primer momento, al maravillarnos ante esa Urbe en la que la presencia de Dios se siente en cada rincón, donde la Belleza nos acerca a él, donde la Fe se reafirma sin aspavientos, sino que cada lugar que se contempla nos hace sentir, en lo profundo del alma, susurros del Espíritu, que el Hijo nos manda a través del Padre.

Cinco días en Roma dan para poco y para mucho. Para quienes no la conocían han podido hacerse una idea del esplendor de nuestra Civilización, que nació en una pequeña aldea que se convirtió en Imperio, se empapó del pensamiento griego, de la fecunda cultura mediterránea, coronada, siglos más tarde, por la Cruz Redentora de Nuestro Señor. Quienes previamente habían estado han redescubierto aspectos que en otras ocasiones pasaron inadvertidos. Y unos y otros han disfrutado de un fortísimo espíritu de fraternidad. Tres pueblos distintos, personas que, tal vez, se conocían vagamente, se han convertido en estos días en una gran familia, con todo lo que ello conlleva: risas y buen humor -que han sido la nota predominante de la Peregrinación-, paciencia con el prójimo y ante las dificultades -pues, como en todo viaje han surgido los lógicos imprevistos, generosidad para con los demás y compartir, compartir como hermanos cansancio y fatiga, mesa y reposo, sonriendo, sonriendo y bromeando aunque estuviéramos agotados. Han nacido relaciones personales de las que únicamente se forjan cuando se está fuera, cuando se convive veinticuatro horas, cuando se ve y se da lo mejor que tenemos dentro de nosotros.

Roma clásica de los Foros Imperiales, de los tiempos austeros de la República y de las glorias del Principado. Asombro y estupor ante la magnificencia de Ciudad más poderosa de la Historia; escalofríos en el Coliseo, meditando sobre la sangre derramada de los Mártires en defensa de la Fe y pensando si nosotros podríamos llegar a ese grado de heroicidad; silencio en el Panteón, el edificio con uso ininterrumpido más antiguo del mundo, una vez templo de deidades clásicas y hoy dedicado a Santa María de los Mártires, cristianizando esa Roma que de potencia militar pasó a ser el Faro de todo el Orbe; recogimiento en las Catacumbas de Domitila, donde celebramos la Santa Misa y donde fue imposible no pensar – dado los signos de los tiempos- si la Iglesia no tendrá que volver a esos lugares donde nació…

Roma renacentista y barroca, con sus plazas que rozan la perfección: Plaza Navona, con su alegoría de los ríos del Mundo Antiguo, que regaron las primeras civilizaciones como las aguas salvíficas del Bautismo riegan las almas de los cristianos; la Fontana de Trevi, apogeo del refinamiento y triunfo de una Iglesia que buscaba a Dios a través de la belleza; Plaza de España, tan emblemática para nosotros, que luchamos durante siglos para la Definición del Dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado por el Beato Pío IX y que cada ocho de diciembre es testigo del homenaje que los Sumos Pontífices hacen a María Santísima y a España, cuando, tras la ofrenda floral entran en nuestra Embajada como signo de homenaje a nuestro fervor mariano.

Roma contemporánea, con sus grandes avenidas sabaudas, Via Nazionale, Via del Corso, la Exedra, Plaza Venecia, con el gran Altar de la Patria que se levantara para conmemorar la unificación de Italia, y sus edificios de estilo Imperio, Neoclásico, Ecléctico. Roma que ha sabido como nadie engrandecerse llenándose de hermosura en cada siglo desde los tiempos clásicos. Así surgieron las Basílicas Mayores, en los primeros siglos del Cristianismo y modificándose a lo largo de las centurias. San Pablo Extramuros, dedicada al Apóstol de los Gentiles sobre cuya tumba se levanta; Santa María la Mayor, tan vinculada a España, la única que conserva su planta original paleocristiana; San Juan de Letrán, Catedral de Roma, Sede del Santo Padre, Madre de todas las Iglesias del Mundo, dedicada a los Santos Juan Bautista y Evangelista y sede de la Corte Pontificia hasta el regreso de Aviñón, cuando los Papas se establecieron en San Pedro del Vaticano, lugar hacia el que todos los cristianos fijamos nuestras miradas por ser el lugar donde reside el Sucesor de Pedro. Allí disfrutamos de las soberbias colecciones de arte de los Museos Vaticanos, enmudecimos ante la magnificencia de ese templo que nos hizo recordar las palabras del Santo: «para Dios, lo mejor» y allí, confirmamos nuestra Fe ante Pedro.

El miércoles, en la Audiencia Pública, pudimos ver al Santo Padre en primera fila, escuchar su catequesis, darnos cuenta de que el Título de Siervo de los Siervos de Dios no es un mero adorno. Cuando se nombró a nuestras Parroquias, todos los peregrinos se pusieron en pie aplaudiendo con entusiasmo antes de terminar las palabras que nos dedicó y las lágrimas surgieron espontáneas y alegres. Cuando pasó ante nosotros a cortísima distancia era inevitable pensar en el peso que carga sobre sus hombres ese hombre de menudo tamaño, de avanzada edad, en estos tiempos en los que se exalta la juventud y se desprecia la ancianidad, tan venerada por nuestros mayores en la Fe, esa Fe que ante el Sucesor de Pedro confirmamos.

No sería de justicia decir que esta peregrinación no hubiera salido redonda sin María Belén Cano, de Halcón Viajes Peregrinaciones, sin nuestros guías locales, Myrian y Franco y sin nuestros acompañantes, Patricia y Andrea, a ellos nuestro profundo agradecimiento. Y mi agradecimiento personal como Párroco a todos los peregrinos de las tres Parroquias por su gran calidad humana y cristiana, y mi recuerdo a quienes no pudieron acompañarnos, que estuvieron presentes en nuestras oraciones. Al regreso, muchos de los que no nos acompañaron se han arrepentido de no hacerlo al ver la alegría que han traído de Roma sus hermanos y las miles de anécdotas divertidas y entrañables que, si tuviera que escribirlas, ocuparían un libro. En las Santas Misas de este domingo he anunciado que el año próximo saldremos hacia Tierra Santa en abril y, si Dios quiere, así será. Y advierto, para quienes tengan dudas, que el tren sólo pasa una vez en la vida…

Miguel ángel álvarez Holgado,

Párroco de Carbajo, Membrío y Salorino.

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