Reflexión de la Delegación Diocesana de Pastoral obrera ante la huelga General

Vivimos una crisis moral y ética sin precedentes cuyo principal exponente es la crisis económica que ha provocado el cierre de numerosas pequeñas y medianas empresas, ha condenado a 5,3 millones de trabajadores al desempleo, especialmente entre los jóvenes y los mayores, y ha dejado a un millón y medio de familias con todos sus miembros en paro.

Nos encontramos con la 16ª reforma del mercado de trabajo en democracia. Hasta ahora las sucesivas reformas laborales bajo el pretexto de modernizar y flexibilizar el mercado laboral, han transformando la concepción y función del trabajo asalariado en nuestra sociedad concibiendo a la persona como un sujeto secundario, que se verá beneficiada de una hipotética mejora de la economía de las empresas. Sin embargo, la historia viene demostrando que, las distintas reformas laborales realizadas y el crecimiento económico anterior a la crisis, aumentaron la precariedad y el empobrecimiento de las familias trabajadoras, eliminando derechos fundamentales de los trabajadores, abaratando el coste de la mano de obra y obligando a aceptar unas condiciones indignas de trabajo si desean trabajar o seguir trabajando…

No corresponde a la Iglesia emitir un juicio técnico sobre dichas reformas, pero estas realidades están en el corazón de las preocupaciones y oraciones de la Iglesia porque «las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren… son tristezas y angustias de los discípulos de Cristo» -Gaudium et spes, 1.

Creemos que el 29 de marzo es una oportunidad para reivindicar una concepción del trabajo humano como principio de vida, como elemento humanizador que procure la satisfacción de las necesidades materiales, culturales y espirituales de la persona. Una oportunidad también, para que las personas trabajadoras busquemos alternativas a un sistema capitalista que ha impuesto una cultura de la producción y el consumo que nos mantiene permanentemente insatisfechas.

Los retos actuales que atraviesa la economía requieren medidas políticas concertadas que subordinen la economía financiera a la economía productiva. La democracia es tal cuando hace justicia y toma partido por el ser humano. Es preciso, como ha pedido insistentemente Benedicto XVI y el Pontificio Consejo «Justicia y Paz», una reforma del sistema financiero internacional. Esta reforma supondría avanzar en justicia social y comunión de bienes, redistribuyendo efectivamente la riqueza existente; controlar la economía especulativa y frenar el desmedido afán de lucro, en lugar de eliminar derechos. Este es el camino que puede generar riqueza orientada a la creación de empleo decente y con derechos y a disminuir la pobreza. El respeto a la dignidad del trabajo, vinculado a la dignidad de la persona, es y debe ser el criterio central de una economía orientada por «una ética amiga de la persona». -Benedicto XVI, Caritas in veritate, 45

El derecho a la huelga está reconocido en nuestra Constitución -artículo 28 y por la Doctrina Social de la Iglesia -LE 20, es por lo tanto un derecho cuyo ejercicio debe ser posibilitado y protegido por todos. Esto supone, por parte de los sindicatos y de los trabajadores desarrollar comportamientos pacíficos, respetando el derecho de cada cual a decidir libremente su participación o no en la misma y buscando la justicia para todos pero de una manera especial para los que más lo necesitan; por parte de los empresarios, no coaccionando éstos a sus trabajadores por participar en la huelga ni tomando represalias, en ningún momento, contra ellos; por parte de los medios de comunicación social ateniéndose a criterios de objetividad, justicia y verdad; la manipulación informativa es una agresión violenta que hemos de rechazar. Recordamos que «La doctrina social reconoce la legitimidad de la huelga «cuando constituye un recurso inevitable, si no necesario para obtener un beneficio proporcionado», después de haber constatado la ineficacia de todas las demás modalidades para superar los conflictos. La huelga, una de las conquistas más costosas del movimiento sindical, se puede definir como el rechazo colectivo y concertado, por parte de los trabajadores, a seguir desarrollando sus actividades, con el fin de obtener, por medio de la presión así realizada sobre los patronos, sobre el Estado y sobre la opinión pública, mejoras en sus condiciones de trabajo y en su situación social. También la huelga, aun cuando aparezca «como una especie de ultimátum», debe ser siempre un método pacífico de reivindicación y de lucha por los propios derechos; resulta «moralmente inaceptable cuando va acompañada de violencias o también cuando se lleva a cabo en función de objetivos no directamente vinculados con las condiciones del trabajo o contrarios al bien común»» -Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 304.

La primera preocupación de todos debe ser los 5,3 millones de parados, los jóvenes sin futuro, las familias con todos sus miembros en paro, los parados de larga duración. Que puedan acceder a un empleo decente debe ser el objetivo de todo cuanto se haga por sindicatos, gobierno, empresarios y toda la sociedad.

Pero mientras encuentran empleo, la Iglesia no se cansará de repetir que todo ser humano «tiene un derecho a la existencia, a la integridad corporal, a los medios necesarios para un decoroso nivel de vida, cuales son, principalmente, el alimento, el vestido, la vivienda, el descanso, la asistencia médica y, finalmente, los servicios indispensables que a cada uno debe prestar el Estado. De lo cual se sigue que el hombre posee también el derecho a la seguridad personal en caso de enfermedad, invalidez, viudedad, vejez, paro y, por último, cualquier otra eventualidad que le prive, sin culpa suya, de los medios necesarios para su sustento» -PT 11 y que «la obligación de prestar subsidio a favor de los desocupados… para la subsistencia de ellos y de sus familias es una obligación que brota del principio fundamental del orden moral en este campo, esto es, del principio del uso común de los bienes o, para hablar de manera aún más sencilla, del derecho a la vida y a la subsistencia». -LE 18

Si tenemos en cuenta la dignidad inviolable de toda persona, el derecho a la vida y a la subsistencia y su pertenencia a una familia dentro de un contexto social, religioso y cultural, la noción de trabajo decente se constituye en el principio y fin para formarse un juicio moral y ético sobre cualquier legislación laboral, que siempre debe buscar que el trabajo, en cualquier sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer. Trabajo decente -CV 63 significa:

•Que sea un trabajo libremente elegido.

•Que asocie efectivamente a los trabajadores al desarrollo de su comunidad.

•Que de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación.

•Que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar.

•Que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz.

•Que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual

•Que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación.

•Que posibilite que toda persona, «incluso dentro de este sistema, pueda conservar la conciencia de trabajar en algo propio. En caso contrario, en todo el proceso económico surgen necesariamente daños incalculables; daños no sólo económicos, sino ante todo, daños para el hombre» -LE 15

Queremos recordar a todos que «la realización de los derechos del hombre del trabajo no puede estar condenada a constituir solamente un derivado de los sistemas económicos, los cuales, a escala más amplia o más restringida, se dejen guiar sobre todo por el criterio del máximo beneficio» -LE 17.

Como Iglesia en el mundo obrero, en las actuales circunstancias, pedimos a las autoridades políticas, a los agentes sociales y económicos, al conjunto de los trabajadores y de la sociedad, y especialmente a los cristianos y cristianas, que caminemos juntos, con la intención de eliminar las causas que han generado esta crisis económica y, al mismo tiempo, superemos las estructuras económicas y sociales injustas que tanto sufrimiento, deshumanización y pobreza están provocando a las personas.

Delegación Diocesana de Pastoral Obrera

Diocesis de Coria-Cáceres 26 de marzo de 2012

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