Reflexiones un año después del Congreso de Laicos: Ovejas no borregos

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En estos días en los que se empieza a manifestar la primavera, uno contempla con cierta envidia sana, a las ovejas pastando tranquilas por nuestra hermosa tierra. Junto a ellas, a veces sentado en una piedra, a veces de pie apoyado en su bastón, siempre atento, está el pastor. Ya llueva, ya arda la tierra, vigilará de cerca a sus ovejas. En su rostro se percibe el paso de los años y el cansancio de los días, pero aprecia agradecido el hermoso amanecer y la llegada de la noche. él sabe que a pesar de la pandemia y del destello de muerte que va dejando, la primavera llega. No hay nada que la detenga. Tras un rato de silencio y contemplación, llegan a mi memoria algunas frases del ya pasado, pero no olvidado, Congreso de Laicos al que la Diócesis tuvo a bien invitar a alguna de sus ovejas para representar a este rebaño, todavía sin pastor.

Y de la mezcla de melancolía, ilusión y al mismo tiempo apatía por la falta de concreción en las cosas, me surgieron algunas ideas que quisiera compartir con mis hermanos y hermanas, en un intento de responder a la generosa y no siempre valorada invitación.

El pastor cuida de sus ovejas, las conoce y las llama por su nombre. Para que el pastor conozca sus ovejas, tiene que estar cerca de ellas, pisar la tierra en la que pacen, abrir su morral y comer el pan junto a ellas, aunque el olor les incomode. Porque si el pastor nos está cerca de sus ovejas, difícilmente se dará cuenta de cuáles son sus debilidades y fortalezas. Mirará a las ovejas como cualquier extraño, aunque eso no signifique que no les tenga cariño y aprecio. Se trata de estar a una distancia, en la que el olor a oveja se pegue. No existen perfumes, ni colonias con olor a ovejas que puedan comprarse. Quien quiera oler a oveja tendrá que estar con ellas en el campo. Tampoco es bueno que el pastor esté cerca y huela a ellas, pero se le sienta lejos. En esos casos las ovejas no lo reconocerán y él no distinguirá sus ovejas de cualquier otra. Como laicos tenemos que convencer y persuadir a nuestros pastores, de la necesidad de oler a oveja y de sentirlos cerca, para que nos podamos conocer y reconocer mutuamente, porque lo que no se conoce resulta difícil amar.

Las ovejas se comprometen y dan la vida. Para eso han nacido y esa es la razón de su existir. Una oveja que no se compromete, con el tiempo se endurecerá su carne y seguramente será pasto de los buitres, pues nadie querrá meter carne dura y con olor a viejo en un buen guiso. Los laicos estamos llamados a ser no sólo las manos y el corazón de la iglesia, sino también la cabeza y para eso no es necesario pedir permiso. Nadie pide permiso para abrir la puerta de su casa. No debe el laico pedir permiso para aportar ideas a esta sociedad e iglesia nuestra, necesitada de ideas que hagan todo nuevo, sin renunciar a lo esencial.

Nada es el pastor sin sus ovejas y nada son las ovejas sin su pastor. Todos somos uno, cada uno con sus dones, cada uno con su rol. De nada sirve un pastor que no tiene ovejas y perdidas estarán las ovejas sin un pastor que las cuide. Y ambos son importantes, porque un mal pastor puede hacer un mal rebaño con buenas ovejas, así como un buen pastor hará buen rebaño de malas ovejas, si trabaja y se empeña en ello. Si las ovejas no tienen pastor, quién las cuidará, quién las agrupará y resguardará antes de que llegue la noche. Pastarán perdidas por el campo y llegará el lobo para devorarlas sin resistencia. Todos somos necesarios y somos parte de este Pueblo de Dios que camina hacia senderos de Justicia y Esperanza, más necesarias que nunca en este mundo injusto y desesperanzado.

Estamos llamados a ser buenas ovejas y no borregos que siguen sin rechistar a sus pastores. No hacerlo, nos hace a nosotros malas ovejas y a ellos malos pastores.

Francisco Manuel Delgado, participante en el Congreso Nacional de laicos

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