Resumen de la Visita Pastoral a Ahigal

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El pasado sábado, día 14 de mayo, Ahigal fue testigo de uno de los acontecimientos que tardan en borrarse de la retina de nuestros paisanos. Se trataba de la Visita Pastoral, un hecho que no se repetía desde hacía más de una década, razón por la que el pueblo trató de vivirla con intensidad desde los primeros momentos. No en vano, un gran número de feligreses rodeaban al párroco don Juan Pedro y al arcipreste don Ceferino para dar la bienvenida al señor obispo de la Diócesis, don Francisco Cerro, que, con total puntualidad llegaba a la puerta de la iglesia en compañía de sus inseparables don Nicolás García y don Andrés Bote.

Tras besar la Cruz y luego de saludar a todos los presentes tendría lugar la Celebración de la Palabra. Previamente Monseñor Cerro, en repuesta al saludo que en nombre de Ahigal hiciera el sacerdote don Juan Pedro Pascual, explicaría el sentido de la Visita Pastoral y puso de manifiesto el cariño y la hospitalidad que siempre ha recibido de los ahigaleños. «Ahigal – dijo en algún momento de su alocución- es un pueblo por el que siento debilidad y que siempre llevo en mi corazón, porque estar en Ahigal es como estar en mi propia casa».

Luego del acto religioso el señor Obispo, arropado por más de un centenar de personas, se dirigió al ayuntamiento para cumplimentar a las autoridades locales. En el salón de plenos departió amigablemente con el alcalde y los concejales, firmó en el libro de visitas y procedió a un intercambio de regalos.

Seguidamente la comitiva se desplazó hasta la ermita del Cristo de los Remedios, donde se asistió a una de las ceremonias más entrañables del día. Se trataba de la «Consagración de Ahigal al Corazón del Santísimo Cristo de los Remedios». El acta sería leída por el párroco, mientras que el recitado de la Consagración corrió a cargo de Monseñor Cerro, autor de la misma, que procedió a colgar el cuadro con la oración en el ábside del humilladero. Todos los ahigaleños, que llenaban la ermita, corroboraron con una amplia ovación el deseo de que esta Consagración sea leída públicamente cada cuatro de octubre, festividad del Cristo de los Remedios.

La ermita de Santa Marina fue la siguiente parada. En este pequeño santuario don Francisco Cerro puso a Santa Marina, que en otras tierras nominan Santa Margarita de Antioquia, como un modelo de santidad, de una mártir que dio su vida por Cristo. En esta visita, al numeroso acompañamiento que en todo momento rodeó al prelado, se unieron muchos vecinos del barrio.

Siguiendo el itinerario y el horario previstos, la siguiente visita fue la ermita de los Santos Mártires. Como en los anteriores lugares, también aquí tuvo lugar una pequeña y amena alocución, explicando el significado de estas advocaciones tan populares en toda la diócesis.

Un acto religioso en el cementerio pondría fin al programa mañanero. En la pequeña y recoleta ermita de la Virgen del Carmen el señor Obispo pidió un especial recuerdo para todos los difuntos, especialmente para los últimos fallecidos y para los más olvidados. Aquí rezaría un responso, para posteriormente recorrer todos los rincones del camposanto.

A primeras horas de la tarde Monseñor Cerro acudiría a la residencia de la tercera edad Nuestra Señora de la Asunción, donde escuchó unas sentidas palabras de bienvenida a cargo del «tío» ángel Plata. Luego de saludar a todos los acogidos, en la capilla del centro dirigió el rezo del Santo Rosario. Al igual que hiciera en todas las ermitas, también aquí dejó un pequeño icono como recuerdo de su Visita Pastoral. Al concluir el ejercicio religioso, el señor Obispo volvió a departir amigablemente con los acogidos, alguno de los cuales llegó a manifestar sus dotes artísticas. La sencillez y la humanidad que don Francisco evidenció entre estas personas mayores se resumen en las palabras que una anciana llorosa me decía al oído: «Mientras viva no se me va a olvidar el beso que hoy me ha dado el señor Obispo».

El programa de la tarde se desarrolló en los salones parroquiales. En primer lugar el señor Obispo recibiría a los dos primeros cursos de catequesis, con los que mantuvo una amigable charla y en cuyo honor interpretaron varias canciones. Después tendrían su turno los niños de la Primera Comunión, de Poscomunión y de Confirmación, con los que también departió en un ambiente de gran camaradería. Todos ellos estuvieron acompañados por sus catequistas.

Con posterioridad monseñor Cerro se reunió, por separado, con todos y cada uno de los colectivos que trabajan en la parroquia: Cáritas, Coro y Junta Económica. A todos ellos les agradeció su trabajo y les animó a continuar desarrollando una tarea que tanto bien le hace a la Iglesia. A todos sus miembros les regaló un libro de su autoría como recuerdo de esta Visita Pastoral.

El colofón a este intenso día lo pondría la Santa Misa en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Varios sacerdotes acompañaron al prelado en una celebración que fue seguida por cientos de personas que abarrotaban el templo. Como ya lo hiciera en la mañana, volvió el señor Obispo a insistir en el significado de la Visita Pastoral, al tiempo de agradecer al pueblo el recibimiento y la acogida que había tenido a lo largo de toda la jornada. Por su parte el párroco don Juan Pedro le manifestó el júbilo que para todo Ahigal había supuesto esta visita y como muestra de gratitud, en nombre de Ahigal, le hizo entrega de un icono de la Virgen para su capilla. Sus palabras no pudieron ser más elocuentes: «Cada vez que mire esta imagen se acuerde de nosotros». También el señor Obispo hizo sus regalos a la parroquia, pero fueron muchos los paisanos que comentaban que su mayor regalo fue cuando, colocado a la puerta de la iglesia, despidió individualmente a todos los vecinos.

Una vez que las sombras de la noche iban tomando forma sobre las cabezas de los ahigaleños, pudimos asistir a un ágape comunitario, en la plaza de la Iglesia, antes de retirarnos con la ilusión de haber vivido un día entrañable, el de la Visita Pastoral, y en el que una vez más se hizo patente la profunda religiosidad de todo un pueblo.

José María Domínguez Moreno

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