“SER NO TRABAJAR COMO CATEQUISTA”

Así comenzó el Papa Francisco su hermosa catequesis a los 1.600 sacerdotes y catequistas, venidos del mundo entero, que le escuchábamos, como buenos catequizandos, en el Aula Pablo VI del Vaticano, el pasado 26 de Septiembre y que estábamos reunidos en el Congreso Internacional de Catequesis, convocado con motivo del «Año de la Fe».

«¡Eso no sirve -lo de «trabajar como» porque no serás fecundo!», aseguró. Nosotros, como catequistas o evangelizadores, ayudamos, guiamos, hacia el encuentro con Jesús, pero debemos hacerlo, antes que con las palabras, con la propia vida.»Que la gente vea en vuestra vida el Evangelio, que pueda leer el Evangelio». El título del Congreso era precisamente ese: «El catequista testigo de la fe» Y, para SER catequista fecundo, nos sugirió tres cosas:

Empezar, partir con Cristo. Tener familiaridad con él. Estar pegados a Jesús. Escuchar y aprender de él. No sirve el título de catequista. Es necesario amar a Cristo, con un amor que es un regalo suyo y que «no se compra en las tiendas. ¡No se compra ni siquiera aquí en Roma!«.Es una actitud del corazón y lleva consigo mirar al Señor y dejarse mirar por él. Incluso dormidos, él nos mira. Luego nos hizo preguntas directas: «Cuando miras el Sagrario ¿qué haces? ¿Tú te dejas mirar por el Señor?». Estar así, ante el Sagrario, «calienta y enardece el corazón y, sólo así, podremos nosotros, pobres pecadores, enardecer el corazón de los demás«… «La primera cosa para un discípulo es estar con el Maestro, escucharlo, aprender de él«.

Descentrarse, ir al encuentro del otro. Cuando dejamos que Dios sea el centro de nuestra vida, ya se encarga él de descentrarnos, de que salgamos de nosotros mismos y de impulsarnos a ir al encuentro de los otros. Este es el dinamismo del amor verdadero. Es el movimiento de sístole y diástoledel corazón del catequista. Como en el corazón humano, el del catequista se relaja y se dilata para recibir y llenarse del amor de Dios y del «depósito de la fe», el «Kérigma», para, después, repartirlo, darlo a los catequizandos. Da todo lo que recibe porque «esto no es un negocio». El don recibido genera así la misión. Y nos lanzó otra pregunta inquietante: «¿Late así el corazón del catequista?».

Ir a las periferias. Sin miedo de salir de nuestros esquemas, para hacerle caso a Dios, que nos antecede y está ya en las «periferias», antes de que lleguemos. Y nos avisó del peligro de repetir lo de Jonás, el profeta: huir de Dios, de Nínive y de sus problemas, ya que Nínive no entraba en sus planteamientos. Es necesario escuchar a Dios y ser «creativos», como él: saber cambiar para adaptarnos, porque, si un catequista se queda parado, «se convierte en una estatua de museo».

Todo esto nos exige estarse atentos y evitar el «riesgo de apoltronarse, de la comodidad, de la mundanidad en la vida y en el corazón, de concentrarnos en nuestro bienestar», al estilo de Jonás. Exige también no encerrarse en el propio grupo, porque, si una persona se encierra en su movimiento, enferma. Se le veía venir y no pudo por menos que repetirnos, por enésima vez, su deseo profundo: «Prefiero una Iglesia accidentada a una Iglesia enferma«, por encerramiento, claro.

Gracias, Papa Francisco. ¡Buena inyección para comenzar el curso con ganas!

Paco Neila, Delegado de Catequesis

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