Setenta y dos jóvenes reciben la Confirmación en Coria

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El día de Pentecostés, tal como nos narran los Hechos de los Apóstoles, estando reunidos en el Cenáculo, recibieron la fuerza del Espíritu que los impulsaba a proclamar la Buena Noticia de Dios a la multitud de personas, que acudieron a Jerusalén, venidos de los distintos confines.

A semejanza de este día, se reunían en la Catedral de Coria, el mismo día de Pentecostés, ocho de Junio, un grupo numeroso de jóvenes, un total de setenta y dos, venidos de los distintos pueblos de la Vicaría de la Zona Norte, que querían recibir sobre ellos la fuerza del Espíritu Santo.

El Sr. Obispo, presidiendo la Eucaristía, administraba el Sacramento de la Confirmación a este grupo numeroso, que tras adoctrinarle sobre la clasificación de los sacramentos, que quedaron constituidos definitivamente, en cuanto al número, en siete, por el Concilio de Trento, se los presentaba como los tres sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Eucaristía y Confirmación; los dos de la vocación: Orden Sacerdotal y Matrimonio; en estos momentos y referido al sacerdocio, se mostraba representado en la Catedral, este sacramento, en sus tres grados: Diaconado Presbiterado y Episcopado, y los dos de la sanación: Penitencia y Unción de Enfermos.

Tras esta catequesis, impartida por el Sr. Obispo, como lo hace hoy el Pontífice en sus alocuciones, dijo que recibir la Confirmación es signo de cristianismo, de entrega, de estar fuertes en la fe y ello exige el encontrarse con Jesucristo, pertenecer a la Iglesia y saber perdonar.

El mensaje catequético que nos dio Don Francisco en su homilía y las exigencias de nuestra madurez cristiana es algo que falta en nosotros, que todos debemos tener en cuenta y que tenemos que transmitirlo por todo el universo. Es bonito emular aquel día de Pentecostés, pero no solo en las formas. El Espíritu vino el día ocho de Junio y sigue viniendo cada día a nuestros corazones; nos falta sentirlo en nuestras vidas, que nos impulse a caminar; tenemos que estar prontos a escuchar los latidos del amor que percibimos en nuestro interior. Sin estos ecos en nuestro corazón, difícilmente podremos vivirlos y transmitirlos en nuestros ambientes.

¡Jóvenes que os acercasteis a recibir la fuerza del Espíritu a nuestra Iglesia Catedral, como el día de Pentecostés, los Apóstoles en el Cenáculo, aprended de ese día! Son necesarios más conocimientos en la vida sobre Jesús y su doctrina para que os encontréis con él; que os sintáis acogidos por la Iglesia nuestra Madre a quien debéis pertenecer, y que aprendáis a perdonar, como aquellas hijas de Aldo Moro, Presidente italiano, tal como nos contaba el Sr. Obispo.

Román Fernández Martín

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