Testimonio JMJ Polonia: Una de las grandes aventuras de nuestra vida

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El 15 de julio nos embarcamos en la que se convertiría en una de las grandes aventuras de nuestra vida. Después de mucho tiempo de espera, por fin, había llegado el gran día. Dábamos comienzo a nuestra peregrinación hacia la Jornada Mundial de la Juventud que, en este año 2016, tendría lugar en la bella ciudad polaca de Cracovia. Con la maleta llena y las pilas cargadas, nos desplazamos hasta Madrid para dar comienzo a nuestro viaje, estando seguros de que tendríamos la suerte de vivir múltiples emociones: reír, llorar, disfrutar, cantar, bailar… Pero, sobre todo, el poder compartir con miles de jóvenes la experiencia de sentirnos amados por un Dios que, durante estas dos semanas, iba a salir a nuestro encuentro con más fuerza que nunca. Y, efectivamente, nuestra intuición no nos falló.

Iniciamos nuestra ruta visitando algunas de las principales capitales del centro de Europa: Berlín, Viena y Praga. En todas ellas, aunque de un modo diferente en cada una, pudimos adentrarnos en su cultura, en sus costumbres y en su historia. Esta parte de nuestro trayecto nos permitió descubrir cómo, a través de las sencillas manos del hombre, Dios es capaz de construir auténticas maravillas.

Desde una perspectiva exterior, una vez finalizada nuestra peregrinación, hemos podido apreciar cómo lo que realmente hace que un viaje sea tan especial es la mezcla de tan diferentes experiencias. De este modo, después del interesante itinerario cultural que habíamos recorrido, en el que habíamos aprendido a descubrir la presencia de Dios en cada una de las bellas ciudades que habíamos visitado, nos preparábamos ahora a vivir la que, para muchos de nosotros, es la parte más especial de esta peregrinación: los Días en las Diócesis -DED. Así pues, tuvimos la suerte de ser acogidos en dos familias de diferentes diócesis de Polonia.

En primer lugar, compartimos varios días en un pequeño pueblo del oeste de Polonia, Osieczna, con una humilde familia que nos regaló todo aquello que tenía y mucho más. El pueblo entero se volcó para hacer que nos sintiésemos lo más cómodos posible y disfrutásemos al máximo nuestra estancia allí. Fueron dos días cargados de muy diversas actividades, todas ellas reflejo de su generosidad para con nosotros. Al echar la vista atrás, nos damos cuenta de que lo mejor de aquellos días fue la convivencia con nuestra familia. Es difícil expresar con palabras lo que realmente han significado para nosotras. Su fe, humilde y sencilla, sin elevadas pretensiones, pero que les hace estar dispuestos a dar incluso más de lo que tienen, esa fe, nos permitió ver en cada uno de ellos el rostro de Dios. Esos días con nuestra familia fueron un regalo, un encuentro con el amor misericordioso y caritativo de Dios.

Nuestra siguiente parada en esta aventura era la ciudad polaca de Poznan. De nuevo, íbamos a ser acogidos por otra familia que nos abría las puertas de su casa. Durante estos días, pudimos empezar ya a experimentar la sensación de estar inmersos en una Jornada Mundial de la Juventud, guiados por los jóvenes de la parroquia en la que nos alojábamos, cuya alegría y fuerza nos sirvió de empujón para continuar adelante en nuestra peregrinación. Ya en Poznan, pudimos compartir momentos de oración y adoración con miles de jóvenes venidos de todas las partes del mundo. Y empezamos a sentir el espíritu de toda JMJ: estar todos allí reunidos por un mismo motivo, por un mismo pilar de vida, por una misma guía de camino.

Y, finalmente, después de tantas emociones y experiencias vividas, llegamos a Cracovia. Aquello que tanto habíamos deseado, con lo que durante meses habíamos soñado, por fin, se hacía realidad. La Jornada Mundial de la Juventud 2016 en Cracovia daba comienzo. Lo mejor estaba por llegar.

Bajo el lema «Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia», guiados por el Santo Padre, el Papa Francisco, compartimos tres intensos días con aproximadamente otros dos millones de jóvenes que, como nosotros, habían recorrido largas distancias para estar allí y poder sentirse abrazados por la misericordia eterna de un Dios que te ama hasta el extremo. Todos los jóvenes llamados allí, unidos por una misma fe, dimos testimonio de que la juventud católica está viva y dispuesta a entregar su vida para hacer de ella un testimonio del amor y la alegría de Jesús.

Pero la auténtica Jornada Mundial de la Juventud comienza ahora, al volver a nuestras casas. Como bien nos ha repetido el Papa Francisco, con la fuerza recibida tras el encuentro con Dios, debemos abandonar la comodidad de nuestros sofás y salir ahí fuera, a ser sal y luz en el mundo, cambiar las cosas y convertirnos en auténticos testigos de la misericordia del Padre.

Clara Arroyo y Beatriz Arroyo

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