Un botón de muestra… unas inyecciones de esperanza

No es fábula ni una parábola lo que escribo. Son hechos reales, sin adornos.

Nos pasó en la parroquia una mañana, de un lunes cualquiera.

Si Dios anda entre los pucheros, que diría la Santa de ávila, también anda por las calles y los acontecimientos. La vida de su pueblo, es su vida.

Siempre en los caminos aconteció la vida del Maestro. Y le vimos más en los caminos que en el templo.

Es hermoso y aleccionador que la parroquia abra sus puertas antes que los bancos, los comercios, el centro médico, y los colegios. Hay que acabar con la fea costumbre de tener siempre las iglesias cerradas por miedo. Y, creedme, que tiene más ventajas que inconvenientes. La Casa de Dios siempre abierta para el pueblo, porque la casa de la familia, siempre es de los hijos y de los hermanos. Poco cuesta las puertas abiertas, algo de luz iluminando el Sagrario, y si se puede, un poquillo de música de fondo. El XIV Sínodo ya nos está pidiendo abrir y salir.

No sabemos su nombre, sí conocimos su rostro y sus andares. El domingo ya había andado merodeando por la parroquia, y entrando y saliendo en las misas. Llevaba un chaleco reflectante, una bolsa grande de plástico blanco, un paraguas y se le veía nervioso. Había intentado ponerse en la puerta de la Iglesia a pedir, pero le habían cogido el sitio una pareja de rumanas.

El lunes fue su ocasión. La Iglesia abierta, y en aquel momento no había gente. Era fácil, cerró la puerta. Hay a la entrada una caja de madera, donde los cofrades introducen las cuotas y donativos de sus cofradías.

Sacó su destornillador grande y la madera cedió fácilmente. Los sobres de los donativos cayeron, podría haber en torno a los cien euros. Pero Alguien quiso que en su faena, apareciera un acogido de la parroquia, que nunca se está quieto, y revoloteando, le pilló en su faena, dando la voz de alarma. Acudieron los párrocos para encontrarse a la vuelta de la esquina con aquella alma inquieta y traviesa.

Le invitaron a entrar en el despacho parroquial; sus quejas venían por llevar varios días durmiendo en la calle, porque este país trata muy mal a los pobres y porque la necesidad le abocaba a robar.

En el despacho sacó lo sustraído de sus bolsillos, ante la presencia de más testigos, y pidió perdón. Se le ofreció ayuda para su necesidad, sin reproche, pero optó por marcharse en silencio, con su bolsa, con su paraguas y su rostro desencajado.

Era una persona mayor, no sabemos su edad, ni su nombre, ni su procedencia; nos faltó ternura y acogida.

Pero sí conocemos el nombre y la procedencia, de aquella pareja, que un par de horas más tarde, en aquella mañana de lunes, nos sorprendió con su generosidad, nos demostraron que Dios sigue viviendo en la calle, en las tiendas y en el supermercado.

Esta pareja, hacía poco que habían celebrado sus bodas de plata matrimoniales, se quieren y lo celebraron. Pero vieron la necesidad de compartir. Acudiendo al párroco le entregaron sus alianzas de boda, las originales de aquel día tan maravilloso. Querían que se invirtieran en la atención de los pobres. Aquel oro gastado, pero trabajado y sufrido, verdadero sacramento, va a servir para ayudar a otras familias que lo necesitan, porque lo importante no es repartir, lo importante es dar y darse.

En una antigua fórmula de la bendición final de la celebración del matrimonio, se pide a los nuevos esposos que tengan por amigos a los pobres. En esta pareja, de bodas de plata, que sí conocemos sus nombres, se cumple la bendición. ¡Que los pobres os tengan por amigos!

Fue un lunes precioso, Dios estuvo lindo. Seguiremos dejando abiertas las puertas de la Iglesia, para entrar y salir, para compartir, para rezar. No es que podemos, es que ya lo hacemos. Nos damos y nos compartimos, y nos partimos. Nos sobran las quejas, las excusas y las amarguras.

¡Qué bueno es Dios!

Julián C. Pérez

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